
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Reino sin proclamar.

jueves, 9 de diciembre de 2010
Toilets.

viernes, 26 de noviembre de 2010
Solitarios.

lunes, 15 de noviembre de 2010
Gélida noche.

domingo, 14 de noviembre de 2010
Mi bohéme.

La áspera voz de Billie Holiday suena de fondo. Ella se encuentra recostada en el sillón sin apenas ropa y yo sentado frente a ella intentando dibujarla. Le relleno la copa de vino y le enciendo un cigarrillo, tiene la mirada perdida, quizás se esté aburriendo conmigo, quizás esté cansada de posar para mi durante tanto tiempo.
Tiro el lienzo al suelo y coloco otro, y ya van tres. Estoy pasando una mala racha y no hay modo de conseguir nada que merezca la pena, es desesperante. El ventilador del techo traquetea sin descanso y el aire corre entre mi camisa abierta, tiro la colilla al suelo y me sirvo una nueva copa, siento que me está observando y que percibe mi frustración, termino la copa de un trago y me sirvo otra. Se levanta del sillón, me gusta verla desnuda aunque no logre plasmarla en mis dibujos, se acerca a mi y se coloca detrás acariciándome los hombros, me pasa una mano entre el pelo y juega con mis cabellos, sabe que me encanta eso, voy a decir algo pero me pone un dedo entre los labios buscando mi silencio, acerca los suyos a mi oído y me susurra algo en francés que no logro entender especialmente bien, la miro y sonrío, ella me devuelve la sonrisa, vuelve a su sitio sin quitarme ojo, muy divertida, me recompongo y vuelvo a intentar dibujarla.
Mientras me enfrento al nuevo lienzo en blanco recuerdo como la conocí, hace apenas unos días nos presentaron en una fiesta, mi colega McGregor había insistido en que lo acompañase y acepté a regañadientes con la excusa de que me pagaría todas las cervezas de la noche, así que me pareció un buen trato. Recuerdo cuando nos presentaron y nos dejaron a solas, cuando comenzamos a hablar descubrimos que no compartíamos el mismo idioma pero no nos importó. Ella sonreía cuando yo hablaba, y yo hacía lo propio cuando hablaba ella en su perfecto francés. A través de los gestos logré hacerla entender que me dedicaba a la pintura y la poesía, aquello pareció despertar su interés cuando me llamó bohémien. Según entendí ella se dedicaba a la fotografía, mas tarde comprendí que aquella fiesta era la inauguración de la exposición de su nueva obra, fue entonces cuando presté cierto interés a las imágenes que colgaban de las paredes, eran todas en blanco y negro y muy melancólicas, solo fotografiaba mujeres y en su mayoría desnudas, una de las fotos era una chica joven tirada en la cama con varias latas de cerveza aplastadas a su alrededor, en otra se veía una mujer sentada con el pecho desnudo mirando fijamente a la cámara, en otra fotografía una mujer estaba apoyada en el marco de una puerta y la cara hundida entre las manos. Realmente me gustó su obra, con ese aire de derrota y esa estética decadente.
No sé como conseguimos entendernos para que ahora ella se encontrase desnuda delante de mi mientras intentaba dibujarla. Dibujé los primeros trazos sobre el lienzo, la miré y me lanzó un beso con la mano, lo cogí y me golpeé el pecho, después de aquello mi mano cobró vida propia y el cuadro comenzó a tomar verdadera forma, de un modo que hasta entonces no me había imaginado capaz, me sentí pletórico, me sentí feliz, no podía dejar de pintar aunque quisiera, pensé por un momento que la sensación podría deberse al exceso de alcohol, así que cogí la botella de vino que estaba a la mitad y la estampé contra el suelo con furia y rabia, luego continué dibujando con aquella sensación de éxtasis que ahora sin lugar a dudas, me inspiraba la delicada francesa. Mi francesa. Mi bohéme.
martes, 2 de noviembre de 2010
Blanca noche.

lunes, 1 de noviembre de 2010
Desconocida.

jueves, 21 de octubre de 2010
Perra Cobarde.

La puerta del Kikenny's se abrió de golpe, rompiendo la calidez y la intimidad del local, se me aceleró el ritmo cardíaco pensando que podría ser ella, pero solo era otro pobre idiota buscando cobijo y escondiéndose de la gran ciudad. Mi pulso volvió a su normalidad y continué disfrutando del buen jazz y el buen vino.
Sonó el teléfono: -¿Si?. Pregunté con normalidad: -Cochino cabrón. Era ella, se me puso dura al oír su voz: -Perra, has tardado mucho en llamarme, cobarde, ¿tenías miedo?. Perra Cobarde. Hablamos de todo y de nada. Me dio una dirección, un lugar, una hora y un día.
Así que ahí me encontraba, en el lugar indicado, a la hora y el día acordado, disfrutando del vino y el jazz del Kikenny's. Estaba recordando el tiempo que había esperado su llamada y las veces que me había masturbado pensando en ella, cuando de pronto la puerta del local volvió a abrirse, esta vez me pilló completamente desprevenido, la banda del Kikenny's comenzó a tocar Harlem Nocturne justo cuando ella entró al local, se quedó parada unos segundos mientras sus negros ojos se acostumbraban a la iluminación del bar.
Anduvo directa hacia donde me encontraba, hasta quedarse delante de mi. No dijo nada. Me dediqué a observarla un momento, sus ojos negros y felinos, su salvaje y larga melena, y su cuerpo, ese cuerpo que tanto morbo desprendió cuando la conocí y tanto deseaba ahora. Me acerqué lentamente hacia su oído: -Perra cobarde. Le susurré. No se lo pensó y me agarró la polla con una mano, aquel gesto no me lo esperaba pero reaccioné rápido agarrándola del culo y mordiéndole el cuello, apartó la mano de mi paquete y aprovechó para restregarme el coño por la polla, que en esos momentos ya la tenia dura, noté el calor que su coño desprendía entre mis piernas, la apreté contra mi con mas fuerza: -¿Y ahora qué?. Me dijo con voz suave. -¿Ahora?, dije yo: -Ahora comenzaremos el primer capítulo de lo que será un largo libro, ni siquiera hemos acabado con el prólogo. Sonrió. Se encendió un cigarrillo, jugó con su mechón de pelo. Me miró: -Soy mas zorra que cobarde, aún tengo mucho que demostrarte, porque como bien dices esto no es ni siquiera el principio.
Perra.

lunes, 27 de septiembre de 2010
La Lonja.

Yo me encontraba sin nada que hacer, sin trabajo y soñando constantemente con gaviotas sobrevolándome, empleaba mi tiempo en beber cerveza, era lo único que me mantenía en pie. Me había pasado medio año trabajando en el puerto, en una fábrica de pescado, pero hacía cosa de un mes que me habían despedido. Recuerdo cuando me presenté al puesto de trabajo, un conocido me consiguió la entrevista, decía que necesitaba algo en lo que emplear el tiempo que no fuera beber cerveza, así que me arrancó del sofá en el que llevaba meses postrado y me obligó a presentarme una mañana en aquella fábrica.
Los primeros días en la fábrica los pasé fatal, cada cinco minutos necesitaba ir al baño a vomitar, en realidad nunca me acostumbré a aquel olor, simplemente aprendí a controlar las arcadas. Los demás trabajadores se miraban y sonreían entre ellos cada vez que necesitaba correr hacía los baños, pero nunca me importó. Aún hoy tengo arcadas cuando recuerdo aquel olor.
También tuve varias pesadillas con las gaviotas, su graznido era el único sonido que te acompañaba durante las diez horas de la jornada laboral. Sobrevolaban la fábrica atraídas por el olor a pescado muerto. Recuerdo un sueño en el que las gaviotas entraban en la fábrica, primero una rompía el cristal de las ventanas lanzándose contra él, y acto seguido entraba una bandada rabiosa de gaviotas que se abalanzaban contra mi, me picoteaban todo el cuerpo y me hacían pequeñas heridas, me tiraban del pelo con sus patas y yo era incapaz de defenderme. Desde entonces tuve la sensación de que las gaviotas de la fábrica me observaban, vigilando mis movimientos.
En aquella fábrica me sentía como un asesino, rodeado de sangre, el suelo era un gran charco rojizo que todos los empleados chapoteábamos cada vez que dábamos un paso, siempre acabábamos con los guantes de goma y el delantal pringados de sangre, parecíamos carniceros, siempre acabábamos la jornada cubiertos de sangre de pescado muerto. Una noche se me ocurrió volver así a casa, sin cambiarme. Me imaginaba andando por el muelle con aquel atuendo, seguro que la gente pensaría que acababa de cometer un cruel asesinato y huirían asustadas, me imaginaba llegar a casa y cruzarme con algún vecino por la escalera, su cara de espanto no tendría precio. Pero jamás lo hice, nunca encontré el momento oportuno, además las gaviotas estaban vigilándome constantemente y debía tener cuidado con lo que hacía.
Cada día, a la hora del almuerzo, salíamos al puerto, para refrescarnos del espantoso calor y respirar aire limpio. Yo observaba el mar, su inmensidad, pensando en quien mas, al otro lado, estaría contemplando ese mismo mar, mientras mis compañeros hablaban de sus mujeres y sus insulsas vidas. Otras veces me dedicaba a observar a las gaviotas sobrevolar la fábrica, mientras nos vigilaban desde las alturas, deseosas de entrar a la fábrica y devorar todo el pescado. Ellas sabían que yo conocía sus intenciones, y que me vigilaban. Las observaba con el ceño fruncido y con el puño levantado deseando que una tormenta repentina diera paso a un relámpago que las fulminara. El resto de trabajadores me miraban como si no entendieran qué estaba haciendo, a veces los escuchaba susurrar cosas como: está loco, es un enfermo o es un maníaco. Pero nunca les dí importancia, tenía otras prioridades que acaparaban toda mi atención.
Un buen día, a finales de junio, me encontraba en la fábrica cumpliendo mi labor, separando cabezas de cuerpos, con las manos y el delantal pringados de sangre, estaba todo demasiado en silencio, no se escuchaba ni el graznar de las gaviotas, eso me extrañó, cuando de pronto graznó una y luego otra vez silencio, eso me puso alerta, y de nuevo otro graznido seguido de otro silencio. Poco a poco se escucharon mas y mas graznidos, supe entonces que las gaviotas habían montado un ejército y que estaban decididas a entrar en la fábrica para destruirnos a todos y comerse el pescado. Me quedé paralizado y miré con los ojos muy abiertos al resto de trabajadores, pero parecían no darse cuenta de la complicada situación en la que nos encontrábamos, así que tuve que auto proclamarme líder del grupo, mi primera decisión fue cerrar por completo puertas y ventanas para impedir que entrasen nuestras atacantes. Mi grupo me miraba boquiabierto sin comprender que estaba haciendo, e incapaz de reaccionar, menos mal que ahí estaba yo para protegerlos.
De pronto se escuchó un golpe, y luego otro mas fuerte. Eran las gaviotas abalanzándose contra los cristales de las ventanas, para romperlos y dar paso al batallón de ataque. Por un momento el miedo se apoderó de mi. Mi grupo era incapaz de reaccionar ante aquella situación, estaban en peligro, comprendí que lo que principalmente buscaban las gaviotas era el pescado, así que tuve que tomar una decisión.
De pronto, mi grupo reaccionó, me agarró, intentaban inmovilizarme, yo les dije que era el líder, que no tenían derecho a quitarme el poder, que el enemigo estaba fuera reagrupándose, pero no me hicieron caso y consiguieron meterme de nuevo en la fábrica, mientras, fuera, escuchaba el graznar victorioso de las gaviotas.
Apareció el encargado, ignorante de lo que estaba aconteciendo ahí fuera, intenté explicárselo todo para que se pusiera de mi lado, tenia la esperanza de convencerlo y ya nos imaginaba a los dos mano a mano contra las gaviotas, lanzándoles cabezas de pescado y acabando con ellas. Por desgracia no conseguí hacerle ver la situación y acabó por despedirme. Maldito ignorante, fruncí el ceño y alcé el puño proclamando venganza.
Ahora, varios meses después, me dedico a pasear por el puerto durante las mañanas, desayuno en alguna cafetería y me siento en un banco frente al mar mientras leo el periódico, a veces ocurre que escucho un graznido, levanto la mirada del periódico y observo como me sobrevuela una gaviota, sé que es una superviviente de aquella batalla, y sé que me reconoce y me recuerda mi derrota. Es entonces cuando alzo el puño al cielo y las maldigo en silencio.
jueves, 13 de mayo de 2010
Manhattan, apartment 42.

viernes, 23 de abril de 2010
Un pequeño trato.

martes, 20 de abril de 2010
Poeta
lunes, 19 de abril de 2010
Una vez en la vida.
