martes, 5 de diciembre de 2017

Kureishi - Intimidad.


Las horas pasan muy lentamente en la "intimidad" de Hanif Kureishi. Es de noche y el narrador, un hombre de unos cuarenta años, escritor y guionista cinematográfico, ha decidido que por la mañana va a abandonar a su mujer y a sus hijos tras seis años de convivencia. Mientras apura sus últimas horas en la casa familiar, reflexiona sobre la decisión, las situaciones ya insostenibles que le han llevado a ella y, poco a poco, con minuciosidad, va construyendo un retrato de una generación -"la que se encuentra en su mediana edad"- que debe afrontar el desamor en tiempos tristes con la misma resignación que ante un hecho inevitable.

Se da la coincidencia de que la vida de este narrador y la del propio Kureishi (Londres, 1954) se parecen poderosamente y la crítica inglesa, que no dudó en ensalzar la novela, también le reprochó este cariz autobiográfico. Kureishi ha desmentido que fuese estrictamente su vida: "Sí, es cierto, algunas de estas experiencias me han ocurrido a mí, pero también a mis amigos, a la gente de mi edad". ¿Se trata, pues, de una cuestión generacional? "En los últimos veinte años ha habido un cambio en la idea del matrimonio. Es algo doloroso. Cuando era pequeño, nadie tenía padres separados. Ahora es diferente: después de la ruptura hay muchas posibilidades, se abren expectativas y desencantos, el fracaso, la situación en que quedan los niños, etcétera". 



Kureishi tiene claro de quién es la culpa de estos cambios: "De la señora Thatcher, sin duda. En los setenta y los ochenta se rompieron muchas de las ideas victorianas, sobre todo la de encontrar una persona para vivir el resto de tu vida. La idea de abandonar o ser abandonados nos concierne a todos", se explica el autor, "como causar o recibir dolor, pero también es cierto que resulta interesante cuando se cuestionan las instituciones, porque nos hace pensar cómo queremos ser".

Por debajo de la historia, dos grandes temas dirigen las reflexiones del protagonista: el fracaso, que "no es algo que se pueda controlar, no depende de uno", y el deseo: "Me interesa cómo nos sorprendemos a nosotros mismos y cómo quedamos reducidos por el deseo", destaca el autor de "El buda de los suburbios"; "se trata de sentimientos confusos, donde se puede ver cómo gente sofisticada es presa de los instintos más primarios y violentos". 

Este vuelco de su obra hacia territorios más íntimos, menos fugaces, le ha valido el reconocimiento de una madurez literaria por parte de la crítica. "Me ha costado mucho que me consideren maduro", se queja Kureishi. "Espero que esta madurez tenga una larga duración. Me sentiría decepcionado si no hubiese cambiado desde mi primer libro, de la misma forma que dentro de 20 años debería escribir de forma diferente".



Tres libros de Bukowski que no deberías perderte.


La esencia del Realismo Sucio

Mucho se ha hablado y aún queda por hablar de quien nació Heinrich Karl Bukowski, se apodó Charles y se hizo Henry Chinasky. Bebedor, mujeriego, con gusto por el juego y sin pelos en la lengua ni en la pluma. Así fue y es Charles Bukowski. Con casi tantos detractores como defensores desde que Black Sparrow Press se decidiese a darle un futuro como escritor profesional sus obras atemporales y su desgarradora prosa siguen vigentes más que nunca como icono de las nuevas generaciones. Si me preguntáis que leer de él os diría que todo. Pero si me preguntáis que NO podéis morir sin leer del káiser de Los Ángeles…


Mujeres (1978). Novela

Sin duda piedra angular de su novela y junto con “La senda del Perdedor” una de las imprescindibles para comprender un poco las motivaciones del escritor. En “Mujeres” Bukowski usa de nuevo a su alter ego Henry Chinaski para relatar su propia vida. En el culmen de esta. Con 50 años y una carrera literaria en auge que cada vez le reporta más prestigio y dinero por primera vez en su vida Chinaski puede dejar de soñar despierto y vivir la vida que siempre quiso. Las mujeres y el alcohol le llaman a todas horas del día y él siempre está ahí para levantar el auricular. No quiere perderse nada. Ni fiestas ni faldas ni botellas enteras de escocés para él solito. Escupe a los hombres y secuestra a sus mujeres. Ama. Jode. Bebe. Pelea. Y ama. Y escribe. Claro exponente de su estilo.


Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1972). Relatos

Los relatos aquí reunidos parecen haber sido extraídos por la temblorosa mano de Bukowski, presa del mono de alcohol, sin escalpelo y de sus propias entrañas pútridas. Crónicas brutales sobre la pesadilla americana. Del «desierto de neón», tan exentas de hipocresía, tan auténticas, que hacen estremecer. Una colección de relatos donde Bukowski recrea su vida, sus trabajos en fábricas, oficinas de correos, su vagabundeo, su alcoholismo… Utilizando siempre personajes que constantemente nos recuerdan a él. Todos unidos por el mismo patrón. Son fracasados, ya sea porque así se sienten o así los ven. Una obra imprescindible.



Shakespeare nunca lo hizo (1979). Diario/Crónica

Pese a que muchos lo desconozcan, Bukowski intentó estudiar Periodismo, aunque lo abandonó, y de hecho trabajó como periodista en una columna titulada “Notes of A Dirty Old Man” que posteriormente fue reunida en un libro. En “Shakespeare nunca lo hizo” utiliza su habilidad como retratador de la realidad para contar su gira por Europa a finales de los setenta, cuando en EEUU aún no tenía proyección. Con su brutalidad de siempre relata su polémico y conocido paso por la televisión francesa, sus peleas con sus lectores en los recitales que da en su Alemania natal… Todo ello amenizado con las fotografías de Michael Montfort, de quien también cuenta cosas en el libro.

Hasta aquí el artículo. Each One Teach One.
Vía: C'mon Murcia

viernes, 16 de enero de 2015

Fúmame.


Fuma de mi hasta encontrarte saciada, hasta que ya no puedas más y se pase la ansiedad, fuma de mi cuando estés sola y desesperada, cuando estés contenta y rodeada, fuma de mi y quédate exhausta, extasiada y excitada. Fúmame despacio, sin prisa, slowly, saboréame en tus labios, mírame entre tus párpados, siénteme bajar entre tus pechos, llegar a tu vientre y bajar un poco más, siénteme en ese suspiro que sale de tu boca, fuma de mi incluso cuando no lo necesites, fuma de mi siempre, mientras tanto yo fumaré de ti.

© La palabra de Jesse Custer 2015

martes, 30 de diciembre de 2014

La guerra ha empezado.


He pasado años enteros contando historias marginales que no he vivido, escribiendo sobre mujeres que no he conocido, drogas que no me he atrevido a probar, borracheras en tugurios que nunca han ocurrido, bancos de la calle donde no he dormido, camellos con los que nunca he tratado, cuerpos desnudos y sexo que no he probado. He escrito durante años la misma mierda y ahora estoy viejo y un poco más cansado, los años dorados donde vomitaba una buena historia han pasado y sonrío al volver la vista atrás. Pero no estoy acabado, aún tengo algo que decir desde mi pupitre en la última fila, la guerra no ha hecho más que empezar, aún tengo unos años buenos por delante.

© La palabra de Jesse Custer 2014

martes, 23 de diciembre de 2014

Voyeurs.


Nos sentíamos observadas, espiadas, vigiladas, descubiertas, pero nos gustaba esa sensación, esa perturbación aprobada y ese morbo, esa aprobación del ojo ajeno.

© La palabra de Jesse Custer 2014

martes, 16 de diciembre de 2014

Bad girls.


Me encontraba llorando en el coche, estaba aparcada frente al mcdonals comiendo patatas fritas y escuchando una triste lista de reproducción que ya tenía bastante quemada, cuando de pronto un hombre negro dio un golpecito en la ventanilla del coche, me dijo algo que cambiaría mi vida: -Bad girls do not cry.

© La palabra de Jesse Custer 2014

jueves, 11 de diciembre de 2014

Volver a verte.


Hoy volveré a verte, parece que ha pasado tanto tiempo desde la última vez... Disimularé que no te he echado de menos, disimularé que estas noches sin ti he dormido tan bien como un niño  y que la cama no la sentí vacía sin tenerte a mi lado, daré por sentado que estaremos bien. Cógeme la mano, déjate llevar yo guiaré tus pasos, te quiero conmigo, yo me dejaré llevar también, llévame hasta donde estés dispuesta, disimularé que no me pongo nervioso, disimularé una sonrisa que no seré capaz de esconder. Hoy volveré a verte, y parece que haya pasado tanto tiempo desde la última vez...

© La palabra de Jesse Custer 2014

Te abrazaré...


"Te abrazaré tan fuerte que romperé tus miedos"

© La palabra de Jesse Custer 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

Confundido.


Sentado en el abismo, ese abismo de siempre, empecé a fantasear con ella, la suave brisa se mezcló con el olor de su piel y una vez más la fantasía se confundió con la realidad. Su pelo podía tocarlo alborotado por el viento, sus ojos podía verlos confundidos dentro de los míos, su piel podía olerla tan dulce y tan delicada, sus labios podía sentirlos tan húmedos y tiernos. Una vez más me pregunté si era un sueño o estaba ocurriendo de verdad. A veces estaba convencido de la realidad. A veces estaba convencido del sueño. Otras veces, simplemente confundido.

© La palabra de Jesse Custer 2014

¿Bailamos?


Solo es un baile para dos y ella baila conmigo y lo hace sin parar, baila cuando suena la música, no importa que esté demasiado alta ni demasiado baja, se desmelena y me mira y no me quita ojo, sonríe y baila con rabia, rebelde, con euforia, salvaje, sé lo que piensa cuando lo hace, es toda una fiera indomable, su cuerpo es bravío y su danza feroz. Sería demasiado atrevido unirse a ella, algo imprudente y temerario pero cuando te das cuenta estás atrapado entre sus brazos, arrestado a su cintura, prisionero en su calor y te encuentras sin escapatoria y sin salida en un baile que no tiene final, clavado en su mirada, donde nunca quieres terminar. Solo es un baile para dos.

© La palabra de Jesse Custer 2014

viernes, 5 de diciembre de 2014

Este cuento ha empezado.


¡Cuerpo a tierra!: -Hay una chica nueva en la ciudad, hija de la vieja escuela y de mil batallas, está cansada de pasar su vida con gente a la que nunca llega a conocer, ya no necesita nada, ya no confía en nadie, no quiere canciones de cuna ni canciones de amor, no busca un lugar exacto donde ir y no se arrepiente de nada, hace lo que quiere sin pedir permiso y ya no se deja caer, ni siquiera ahora que su mundo está patas arriba y es más difícil refugiarse. Ojalá me la encontrase fumando en el parque, sentada en un banco, ojalá tuviera el valor de decirle que no pasa nada, ojalá que pasara la noche conmigo, ojalá que me diera lo que no le pido.

© La palabra de Jesse Custer 2014

lunes, 7 de enero de 2013

Las piernas mas bonitas de la ciudad (La pequeña historia).


Me encantaba. Podía pasarme horas observando esas largas piernas sin darme cuenta de que pasaba el tiempo ni de lo que sucedía a mi alrededor, podían desmoronarse imperios, asesinar a cien reyes que mientras tuviera sus piernas delante todo pasaba sin darme cuenta. 

A ella le gustaba y posaba para mi, se ponía cachonda cuanto más la miraba, con esa cara y esos ojos que ponía, mientras me fumaba un cigarro y la devoraba sin necesidad de tocarla. A ella le gustaba, sí, esas piernas desnudas eran mi perdición, y era genial.

Pero un día se cansó de ver como la observaba, tanto a ella como a sus largas piernas, y se largó, me quedé solo, con esa cara con la que me dejó, sin expresión, sin forma.


Ahora ella no está, se fue sin darme tiempo a decirle adiós, sin tiempo a decirle que fueron las piernas mas bonitas que había visto. Escuché una vez que ahora se dedica a caminar, camina y camina con sus preciosas piernas, y los hombres la miran como la miraba yo, y va recorriendo lugares sin rumbo, con esas piernas tan largas... Las más bonitas de la ciudad.

© La palabra de Jesse Custer 2013


lunes, 3 de septiembre de 2012

La Pequeña Odesa


La pintoresca Rusia americana, donde sus calles y barrios se adaptan al alma de sus habitantes, Brighton Beach, o  la Pequeña Odesa como la llaman ahora, ya que buena parte de sus habitantes, muchos de ellos judíos ucranianos, las aguas grises del Atlántico les recuerdan a la costa de su Mar Negro. Ubicada en Brooklyn, uno de los cinco condados de la ciudad de Nueva York, no es un gancho atrapa turistas como Little Italy, si no como brillantemente la describió el periodista Michael Idov “como una maqueta del paraíso capitalista a tan solo 40 minutos de la realidad, una fantasía nostálgica del país dejado atrás”. 

La Pequeña Odesa es misteriosa, cuesta descifrarla y todo está hecho para mantener a raya al forastero y al curioso, podrías recorrer todos los días de tu vida las mismas calles y no llegar nunca a toda su esencia. Te sumerges en otro mundo y no resulta raro lo increíblemente fácil que resulta creer que realmente estás en tierras eslavas. 

Debes tomar la línea Brighton, en la avenida Brighton Beach en la Sexta calle Brighton en Coney Island, Brooklyn, apenas un pequeño paseo y te encuentras en otro mundo, al bajarte del tren la Pequeña Odesa te muestra su esplendor, los restaurantes llenan el paseo marítimo, algunos incluso a tres niveles, también los hay que bordean las calles, los cantantes interpretan canciones folclóricas y el salmón y el vodka nunca faltan en las mesas, la prensa escrita en ruso y los carteles en cirílico,  la Amazing Flowers, una tienda de muñecas donde se encuentran las gruesas y más bellas babushkas, la M&I International Food en la Brighton Beach Avenue,  dejándote embaucar por el olor a caviar y a los pierogi y los borscht, una antigua barbería en la Parikmakherskaya con Syoma, su barbero del Minsk. Lo corriente aquí es que nadie te entienda y los dueños de los comercios recurran a sus hijos más jóvenes para traducirte, miles de soviéticos inmigraron a Norteamérica en la década de 1960, antes que ellos los inmigrantes judíos habían llegado huyendo de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial.

Si quieres escapar de la misma mierda de todos los días, no hay lugar mejor. Recuerda esta palabra “Spasiba”, pues en Brighton Beach te abrirá muchas puertas.

jueves, 23 de agosto de 2012

El escritor ha vuelto.


El escritor ha vuelto, no te deja en paz, ha vuelto a por ti a terminar lo que empezó, no vale esconderse, hará lo que quiera contigo, ha vuelto para desgarrarte la ropa, quiere romperla, se comporta como un animal salvaje.

Ha vuelto dispuesto a destrozarte, quiere morderte y arañarte, prender fuego a tu ropa y tus libros, esparcir sus cenizas, romper tus cuadros y pisarlos, escupir en tu suelo.

Ha vuelto para hacer lo que quiera, no puedes evitarlo, no puedes escapar, el escritor ha vuelto, no te deja en paz. 

Quiere agarrarte, arañarte, morderte, exprimir tus labios, presionar su cuerpo sobre ti, empapado en sudor, huele a humedad, ha llegado hasta ti.

Quiere morderte los pechos,  taparte la boca, presionar su lengua contra tu entrepierna, sentir tu humedad y tu calor, el olor que desprendes.

Ha vuelto a por todas, no hay vuelta atrás, ha vuelto a terminar lo que empezó, quiere golpear tu trasero,  que vuelen las cenizas, que sientas la fuerza de su miembro,  que lo toques y lo adores, que lo lamas  y lo aprietes,  que lo muerdas y lo recorras, que lo sientas dentro de ti.

Y empuja, empuja, empuja, empuja, te folla como un animal, es un animal salvaje, hace lo que quiere contigo. 

Y haré lo que quiera contigo.

Como muerta muere el alma.


La carne pesa como muerta, bloques de hormigón caen encima de tu cuerpo, te aplastan y no te dejan respirar, la sensación se hace insoportable, un edificio cae encima y uno más, te aplasta, te aplasta, no te dejan respirar, no te dejan respirar, no puedes respirar, el alma sale despedida y sientes un ligero alivio, pero la sensación de vació es asfixiante, no da tregua, la sensación de vacío te mata, y te mata, y te mata, el alma sale despedida y observa el cuerpo derrotado, lo observa, y lo observa, y lo observa, piensa en escapar, piensa en volar, en caminar, en respirar, por un segundo piensa en vivir, pero sabe que no puede dejar su cuerpo, su maltrecha carne aplastada de aquel modo, y piensa en volver, en volver, en volver, pero no vuelve, no lo hace, no lo hace, observa como su cuerpo, su antigua carne cae al vacío, al abismo insostenible, cae, y cae, y cae, no tiene final, es una caída descontrolada, muy rápida y también muy lenta, el cuerpo gira sobre si mismo, da vuelvas, y vueltas, y vueltas, los movimientos llegan a ser grotescos, obscenos, sucios, degradantes, y el alma se avergüenza, el alma se avergüenza de su cuerpo, se avergüenza de su carne, se avergüenza de sus pensamientos, de sus miedos y esperanzas, de sus ideas y locuras, de sus decisiones e indecisiones, de sus correcciones y equivocaciones, de sus sueños y despertares, de sus días y sus noches, de sus tardes de junio y julio, de sus otoños e inviernos, de sus idas y venidas, de sus salidas y sus entradas, de sus polvos y caricias, de sus palabras, de sus tactos, de sus sabores, sus perfumes, sus sudores, sus cagadas, sus humillaciones, sus falsedades y sus verdades, sus decoraciones, sus excentritudes, sus palabras, sus pensamientos, sus escritos, sus sueños olvidados y rotos, sus esperanzas muertas, como muerta muere el alma, lenta, lenta, lentamente.

martes, 8 de noviembre de 2011

Mientras, fuera, estallaba la guerra.



Me arrestaron por matar el tiempo. Entraron a mi casa un día cualquiera, abrieron la puerta de golpe, yo me encontraba sentado en el sofá, en camisa y calzoncillos, bebiendo una cerveza. No avisaron, no les esperaba. Hicieron mucho ruido cuando llegaron.
Me levantaron del sofá sujetándome por los brazos: -Queda usted detenido por matar el tiempo. No dije nada, me quedé mudo, no me dieron tiempo a terminar la cerveza ni a ponerme unos pantalones. Un pequeño grupo de gente se agrupó en la puerta de mi casa asomando la cabeza por ella, los muy curiosos, miraban también a través de ventanas, a través de las mirillas de las puertas de las terrazas, desde las plantas bajas y las altas.. Me arrastraron fuera, apartando a los mirones y empujándome a la frialdad de la calle. Fuera, una madre tapaba los ojos a su hijo, un anciano escupía al suelo sin quitarme ojo, una joven me escrutaba con la boca abierta, pensando qué estaría ocurriendo, cosa que ni yo sabía. Otra chica se masturbaba mientras contemplaba la escena, otra vino a mi y me estampó un beso en la boca, un joven me observaba con el ceño fruncido.

Me metieron en un coche y yo me dejé llevar mientras miraba fijamente mis calzoncillos, pensé que debería habérmelos cambiado por otros mas bonitos y limpios. En la carretera el tráfico estaba parado, todos se apartaban para dejarnos paso, nos saltamos semáforos en rojo, jamás me habían tratado con tanta delicadeza, me sentí alguien importante. 

Bajé la ventanilla para que entrara el aire, hasta entonces no me había percatado del completo silencio que reinaba fuera; los perros habían dejado de ladrar, los coches ya no golpeaban sus claxon, los niños habían dejado de pegar patadas al balón, los recién nacidos ahogaban sus llantos, nadie se quejaba de nada, ni siquiera el viento se dignaba a dejarse oír, se había quedado todo completamente en silencio, completamente parado, mientras me llevaban no sabía donde.

Intenté decir algo, moví los labios pero no salieron palabras, uno de mis raptores también habló, pero no salió voz alguna de su garganta. Grité, tosí, volví a gritar pero no había forma de recuperar la voz. El tiempo que conducía giró la cabeza hacia atrás, me miró y se puso un dedo entre los labios, pidiéndome que guardase silencio, quise decirle que no se preocupara, que ninguno teníamos voz, pero de nuevo de mi garganta no hubo sonido alguno por mucho que moviera los labios. El tipo volvió a repetir el gesto y ya no dije nada más. Mientras, fuera, todo seguia igual, nada había cambiado. El tipo que estaba de copiloto enchufó la radio, al principio solo se escuchó ruido, como cuando intentas sincronizar bien un canal de radio pero no lo consigues, hasta que al final sintonizó algo. Al principio no lo reconocí, hasta que caí en la cuenta de que era el inconfundible Schubert. Su música me relajó un poco, mientras intentaba seguir hablando pero sin lograr decir nada.

Me acompañaron a mi celda del psiquiátrico, yo intentaba decirles que necesitaba cambiarme los calzoncillos, pero nadie me escuchaba porque no tenía voz. Me empujaron dentro, realmente no se estaba mal del todo allí. Por un momento me acordé de la cerveza que me había dejado a medias cuando me sacaron de casa, pero fue un pensamiento pasajero, pronto lo olvidé de nuevo.

Mientras, fuera, estallaba la guerra.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Reino sin proclamar.


Ella camina varios pasos delante de mi, yo la sigo como un perro faldero manteniendo la distancia impuesta. Camina con la cabeza bien alta, sintiéndose orgullosa de quien es y de lo que es, yo en cambio miro al suelo y observo mis pasos; cómo un pie precede al otro al ritmo que marco. Nunca pensé que perdería la cabeza de aquel modo por una mujer así, no me atreví a decirle todo lo que sentía por ella, y ella nunca se atrevió a decirme qué pensaba de mi. El mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, podían despedirme de mil trabajos, que ella siempre permanecería a mi lado, podía saltarme mil semáforos en rojo, podía tumbarme media hora en las vías del tren, dejarme caer de un balcón, enfurecer a los perros, chillar a los jóvenes, decir lo que pensaba sin ningún reparo, abandonar a mi mujer y a mis hijos, dejar la ciudad sin nada en los bolsillos, perder todo mi dinero, encontrarme en la miseria, porque mientras ella estuviera conmigo nunca me pasaría nada malo.
Sus tacones aceleran el paso mientras pienso todo esto, su caminar es delicado y a la vez descarado, arrogante, podía parar el mundo de un manotazo si quisiera y nadie se daría cuenta de lo ocurrido, podía enamorar a todos los hombres y mujeres y sin excepción caerían a sus pies. Era una diosa, una reina sin proclamar su reino. De pronto echa un vistazo hacia atrás y me observa un breve instante con mirada desafiante, luego vuelve a mirar al frente mientras saca un pintalabios y un espejito.
Yo no era nada para ella, apenas un simple escritor que a durísimas penas podía pagar el alquiler y comer cada día, se merecía alguien a su altura, alguien que pudiera ofrecerle lo que deseara, alguien que pudiera regalarle una vida a la altura de una diosa, de una reina. Sabía que aquel tipo nunca sería yo. Eso me entristecía, era algo que pensaba mientras continuaba observando mis propios pasos.
Hace tan solo unos minutos que voy así tras ella, cuando a varias calles se dirige de frente hacia nosotros un tipo alto, diría que casi de dos metros, va vestido con un traje, camisa blanca impecable y corbata con un nudo perfecto, cuanto más se acerca mejor aprecio sus facciones, va pulcramente afeitado y el pelo como recién cortado, de un negro imponente, sus zapatos también negros brillan con el reflejo del sol a cada paso que da, lo que se dice un tipo con clase. Apenas está a unos metros de nosotros, sus aproximación es inminente, de pronto ella se lanza fervorosamente a los brazos de él, y éste la recibe con un entusiasta abrazo, sonriente con su dentadura perfecta. Yo continúo andando, arrastrando mis pasos y dejando atrás a aquel par de desconocidos. Ella nunca podría ser mi reina, ni mi diosa, era algo que tenía que aceptar.
Entro a un bar y pido una cerveza a la camarera, es guapa, muy guapa incluso, de ardiente mirada, desprende fuerza y carácter, la imagino como una sirena, como una reina de un mar sin proclamar, el mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, sabía que con ella nunca me ocurriría nada malo...

jueves, 9 de diciembre de 2010

Toilets.


Los servicios del bar estaban encharcados de orina, me entretenía intentando apuntar dentro de la taza, era algo que me divertía cuando agarraba una curda. Mientras me sostenía la picha y me tambaleaba un poco perdí el equilibrio y caí al suelo, mi muslo izquierdo quedó empapado de orina, me levanté apoyándome en la taza y me palpé el muslo para comprobar la gravedad del asunto; luego me olisqueé la mano, no sé muy bien por qué hice aquello, me entraron arcadas y un chorro de vómito atravesó mi garganta cayendo a la taza del váter y al suelo.
Me miré al espejo, me froté el muslo mojado con un poco de papel, no sirvió de mucho, me lavé las manos y me mojé la cara, la vomitona había salpicado en el pecho de la camisa, lo limpié lo mejor que pude. De pronto entró ella a los servicios: -Tardas mucho, pensé que te ocurría algo. -Dijo preocupada. -Nada nena, nada, todo va bien. -Dije espolsándome la ropa. Observó detenidamente mi aspecto desaliñado, mi barba de tres días sin afeitar, mi pelo alborotado en el que alguna cana asomaba impertinentemente, mi camisa una talla mayor, los pantalones sucios y con la bragueta bajada; no me di cuenta que la había dejado abierta y con la polla fuera. Mi pene se percató de su presencia, así que se puso tieso y la miró desafiante. Ella le devolvió la mirada, se acercó y la golpeo con la palma de la mano, lo dejó tambaleando unos instantes hasta que recobró la compostura, de pronto la volvió la golpear, esta vez con mas fuerza, dejándomela palpitante y las venas hinchadas. Ella, impresionada ante la reacción y la fuerza del miembro se pasó la lengua por la palma de la mano, se escupió y la agarró con fuerza, como si pretendiera ahogarla, comenzó a frotar, poco a poco, sabía bien lo que hacía, cada vez con mas furia. De vez en cuando dejaba caer un chorrito de saliva entre sus labios para continuar frotando.Yo observaba tranquilamente la escena, sin tener muy claro qué hacer o decir, pues no me atrevía a entrometerme entre ellas, entre el esplendor de la batalla.
Al cabo de un rato se cansó de frotar, dejándome el pene inflamado, me mojé las manos en el lavabo y me lo salpiqué con agua fría para calmarlo un poco, pues me lo había dejado hirviendo. Ella se subió la falda para enseñarme las bragas, eran amarillas y una mancha de humedad brotaba de su entre pierna. Mi pene se sintió orgulloso, y yo de él. Me acerqué y le restregué la polla por las bragas empapadas, era divertido.
Salimos a la calle, la noche inundaba la ciudad, nos comportamos como quinceañeros metiéndonos mano entre los portales, la humedad de sus labios me embriagaba, me tenía atrapado y podía hacer conmigo lo que quisiera. La muy golfa. Me contó que su marido no la trataba así, que la quería tanto que la tocaba con miedo, la consideraba algo tan delicado que incluso se la metía con cuidado para no partirla en dos, que jamás la cogía con fuerza ni la tiraba con furia sobre la cama, me contó que ella se limitaba simplemente a dejarse hacer porque no quería dañar sus sentimientos, pero que los años pasaban y tenía una sed que calmar. Le dije que no se preocupase, que ahí estaba yo para eso, que siempre soñé con ser "el otro". Me miró sonriendo, me arrastró a un portal abierto agarrándome el paquete con fuerza.
La acompañé hasta su casa, me dijo que su marido la estaría esperando, le pregunté si la volvería a ver. No dijo nada, simplemente me metió la lengua en la boca y desapareció en la oscuridad del portal de su casa. La muy golfa.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Solitarios.


Lo habíamos dejado hace mucho tiempo, no recuerdo los años si quiera. La verdad no sé para qué coño habíamos decidido quedar ahora después de tanto tiempo. La tensión sexual era obvia. Estábamos hablando de no sé qué cojones en una cafetería. No entiendo cómo logró liarme para verme, la verdad es que ni siquiera estoy seguro de que me llamara ella o si fui yo quien la llamó. Qué mas da. Ella estaba igual que siempre, o al menos así me lo pareció, en todo caso algún kilito de más pero nada preocupante ni nada que destacase especialmente.
Yo a lo largo de mi vida siempre evitaba mirarme lo menos posible ante un espejo, lo evitaba por encima de todo, incluso entraba de espaldas en los ascensores para no toparme de frente con uno, de todas formas a veces inevitablemente no me quedaba mas remedio que observar mi reflejo en uno y la imagen que veía no era, sino la de un completo desconocido, siempre que esto ocurría me sorprendía a mi mismo con una nueva cana o una nueva arruga. Me preguntaba por curiosidad qué es lo que ella vería en mí después de todo este tiempo. No sé quien lo dejó con quien o si fue cosa de los dos, pero tampoco quiero hacer memoria. Eso ya no importaba. Qué mas da.
Decidimos abandonar la cafetería e irnos a su antiguo piso, hablamos del tiempo como cuando hablas de cualquier cosa por no quedarte callado, aunque yo realmente prefería el silencio a este tipo de conversaciones absurdas. Pero si hay que hablar de gilipolleces, se habla de gilipolleces que no pasa nada. Al fin llegó el momento en que ninguno de los dos tenía nada que decir. Por desgracia tuve la compasión de percatarme en que ella estaba incómoda con aquel silencio, así que decidí sacar un tema y como si tal cosa le pregunté por su nuevo novio, no sé por qué dije aquello cuando en realidad me importaba una mierda, lo peor era que cuanto más me contaba lo feliz que era con él, más me sentía envejecer por momentos, la observaba mientras hablaba de él, se entretenía en rascarse la nariz, acariciarse el pelo, la mirada siempre perdida observando el vacío, se entretenía también en jugar con la cajetilla de tabaco, todos aquellos gestos no hacían más que desmentir sus palabras, pude ver perfectamente que nada era tan genial como estaba diciendo, pues ni siquiera ella misma era capaz de creerse sus propias palabras. Menuda golfa mentirosa. De pronto me lance a su boca como si tal cosa, y no se apartó.
Total, que así me encontraba ahora, tirado en el sofá encima de ella con los pantalones tirados por el suelo y mi miembro erecto entre sus piernas, seguía comportándose igual que años atrás cuando follábamos, la cabeza se le inclinaba un poco hacia atrás con los ojos entornados y su cara ligeramente sonrojada por la vergüenza de su propio placer, aunque no era la misma, algo no iba bien, la sentía vacía, como si nada le importase y no supiera muy bien qué estaba haciendo en aquel momento. La verdad es que no sé por qué hice aquello y aún me preguntó como ella me permitió hacerlo. El caso es que acabé pronto, no quise entretenerme, salí de su cavidad dejando su cuerpo de nuevo vacío, vacío como me había demostrado que se encontraba. Decepcionante. Ya no era la persona llena de vitalidad, segura de sí misma y ese carácter con el que se comía el mundo entero, solo veía en ella un trozo de carne inerte, moviéndose de allá para acá sin tener muy claro por qué, ni qué hacer ni qué decir, insegura incluso de su propia respiración, de su propia existencia y del mundo que la rodeaba, como si su propia vida fuera un sueño de esos que solo tienes un recuerdo impreciso y piensas si ha pasado de verdad o no. Así era su vida, así me la había demostrado, y follarla de aquel patético y triste modo no ayudó en nada, pues ni siquiera seguía manteniendo el fuego que la caracterizaba, su piel ya no hervía con nada, ni siquiera con el sexo ni con el contacto de un pene. Tuve la necesidad de huir de allí, necesitaba escapar, cada segundo que pasaba a su lado era un suplicio, no podía hacer nada por ayudarla por el rencor que aún le guardaba, por todo el daño que me había hecho pues ni siquiera tenía la ligera idea de todo lo que había sufrido su ausencia. Tenía que salir, verla fue un error, otro más. Busqué rápidamente los pantalones, con las prisas me los puse al revés, ella me miraba sin decir nada mientras me volvía a bajar los pantalones para ponérmelos bien. Me odié por todo lo que sentía en aquel momento, me odié por la imagen que ella me había dado de si misma, pero no podía hacer nada, solo huir.
Me di pena a mi mismo, me sentí patético por compadecerme de ella, pero odié aún más al tipo que la estaba echando a perder, estaba convencido que él era el culpable de haberse comido todo lo que ella fue en un pasado, él, la persona con la que había decidido compartir su vida, él, maldito bastardo, si lo tuviera delante lo mataría a sangre fría sin dudarlo un momento, pagaría por no tratarla como se merece, pagaría por destrozar su existencia y permitir que se consumiera día a día. Cerré los ojos, tomé aire y le dije que tenía que marcharme, que había sido un placer verla de nuevo y deseándole que de verdad todo le fuera bien.
Me encontraba en la calle, andando sin rumbo a ningún lugar, pues me había quedado destrozado después del rato pasado con ella. Pensando como era posible que una persona se desintegrase de aquel modo, no entendía como una mujer con el carácter que ella tuvo se evaporase de aquella manera en los años que habían pasado. Sentí un escalofrío, pues si algo así podía ocurrirle a ella yo también estaba en peligro. Y el mundo entero, también.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gélida noche.


Siento el frío del revolver dentro de mi boca, sabe a grasa y a gélido metal, todo mi cuerpo tiembla mientras sostengo el arma en esta posición. Ella se encuentra tirada a mi lado, tan cerca de mi que es inevitable pisar la sangre viscosa que emana de su cuerpo empapando toda la moqueta del apartamento.

Es de noche y la habitación solo está iluminada por alguna farola del exterior, y por las luces de las sirenas de policía que intermitentemente asoman durante milésimas de segundo a través de la ventana para volver a desaparecer. Entre las sombras se distinguen varias personas apuntándome con sus respectivas armas, también se escuchan sus voces: -Tire el arma y entréguese, no volveré a repetírselo. Cierro los ojos con fuerza mientras me desplazo unos centímetros y uno de mis pies tropieza con el inanimado cuerpo de ella. Un frío espectral recorre mi piel mientras mi dedo acaricia el gatillo del arma.

Apenas unas horas antes jamás hubiera imaginado una situación así, o puede que tal vez si. Recuerdo hace unos años cruzando la interestatal 5 en California, ella iba al volante cuando pasamos por un cartel que marcaba Los Ángeles 152, de pronto se colocó en el carril contrario cuando la gran mediana de césped que separaba ambas direcciones le permitió hacerlo, pensé que sería nuestro fin al estrellarnos contra algún coche de frente, avanzó así durante unos kilómetros hasta que decidió detener el coche en el arcén, me miró con los ojos muy abiertos y preguntó: -¿Me quieres Jesse?. La miré sorprendido y asustado: -Joder nena, claro que si, te quiero, pero no vuelvas a hacer algo así joder. Se llevó las manos a la cara y comenzó a gritar diciendo que si no la quería y que si pensaba dejarla este era el momento de decírselo. Intenté calmarla mientras la convencía para conducir yo.
Hubo una noche en la que me levanté de madrugada para hacerme algo caliente de beber, unos minutos mas tarde se acercó a ver qué estaba haciendo y me preguntó de pronto si alguna vez había tenido dudas. -¿Dudas de qué, nena? -Dije cansado. Me miró con los ojos muy abiertos: -De nosotros. Contestó preocupada. Le dije que alguna vez si en todos estos años, pero que era algo normal y tenía claro que la quería y que quería estar con ella, que no era algo de lo que había que preocuparse. Una vez dije aquello se asomó a la ventana y se dejó caer. Por suerte para ella en aquel entonces vivíamos en una primera planta y solo consiguió hacerse daño en una pierna y doblarse un tobillo.
Recuerdo otra ocasión en la que me pidió que le pegase, le dije que era incapaz de eso, que jamás le pondría una mano encima, me llamó inútil y dijo algo relacionado con mis cojones. Sacó un cuchillo de la cocina y comenzó a rajarse los muslos con él, chillaba de insoportable dolor pero no dejó el cuchillo en ningún momento, fui a quitárselo pero solo conseguí llevarme varios cortes en las manos. Vi el libro de Sexus de Henry Miller que por aquel entonces me estaba leyendo y se lo lancé a la cabeza, eso le hizo soltar el arma y llevarse las manos donde el libro la había impactado, logré calmarla no sin antes llevarme unos cuantos insultos y varios arañazos.
Ahora, hace apenas unas horas ha venido con dos paquetes envueltos, muy contenta y sonriente. Me ha dado uno y ha dicho que era para mi, lo he abierto y he encontrado el arma que ahora tengo en la boca, observo estupefacto el "regalo", ella saca un arma igual del paquete que lleva consigo, no sé de dónde coño las habrá sacado, tampoco le pregunto ya que me siento incapaz de articular palabra. -¿Me quieres Jesse?. Pregunta contenta y muy animada. -Joder, si. Logro articular.Se pone a mi lado, me besa y luego me mira: -Muy bien querido, si es verdad que me quieres te veo ahora, ya sabes lo que tienes que hacer y no me hagas esperar, capullo. Dicho esto se coloca el arma en la sien y suena un disparo.
Un sudor frío baña mi cuerpo mientras me exigen que tire el arma y me entregue, es fácil decirlo, pero ella se ha ido sin mi y no quiero dejarla sola allá donde esté. Vuelvo a acariciar el gatillo del arma cuando escucho una voz: -Maldito cabrón, te dije que no me hicieras esperar, ¿qué coño estabas pensando? Capullo.