viernes, 16 de enero de 2015

Fúmame.


Fuma de mi hasta encontrarte saciada, hasta que ya no puedas más y se pase la ansiedad, fuma de mi cuando estés sola y desesperada, cuando estés contenta y rodeada, fuma de mi y quédate exhausta, extasiada y excitada. Fúmame despacio, sin prisa, slowly, saboréame en tus labios, mírame entre tus párpados, siénteme bajar entre tus pechos, llegar a tu vientre y bajar un poco más, siénteme en ese suspiro que sale de tu boca, fuma de mi incluso cuando no lo necesites, fuma de mi siempre, mientras tanto yo fumaré de ti.

© La palabra de Jesse Custer 2015

martes, 30 de diciembre de 2014

La guerra ha empezado.


He pasado años enteros contando historias marginales que no he vivido, escribiendo sobre mujeres que no he conocido, drogas que no me he atrevido a probar, borracheras en tugurios que nunca han ocurrido, bancos de la calle donde no he dormido, camellos con los que nunca he tratado, cuerpos desnudos y sexo que no he probado. He escrito durante años la misma mierda y ahora estoy viejo y un poco más cansado, los años dorados donde vomitaba una buena historia han pasado y sonrío al volver la vista atrás. Pero no estoy acabado, aún tengo algo que decir desde mi pupitre en la última fila, la guerra no ha hecho más que empezar, aún tengo unos años buenos por delante.

© La palabra de Jesse Custer 2014

martes, 23 de diciembre de 2014

Voyeurs.


Nos sentíamos observadas, espiadas, vigiladas, descubiertas, pero nos gustaba esa sensación, esa perturbación aprobada y ese morbo, esa aprobación del ojo ajeno.

© La palabra de Jesse Custer 2014

martes, 16 de diciembre de 2014

Bad girls.


Me encontraba llorando en el coche, estaba aparcada frente al mcdonals comiendo patatas fritas y escuchando una triste lista de reproducción que ya tenía bastante quemada, cuando de pronto un hombre negro dio un golpecito en la ventanilla del coche, me dijo algo que cambiaría mi vida: -Bad girls do not cry.

© La palabra de Jesse Custer 2014

jueves, 11 de diciembre de 2014

Volver a verte.


Hoy volveré a verte, parece que ha pasado tanto tiempo desde la última vez... Disimularé que no te he echado de menos, disimularé que estas noches sin ti he dormido tan bien como un niño  y que la cama no la sentí vacía sin tenerte a mi lado, daré por sentado que estaremos bien. Cógeme la mano, déjate llevar yo guiaré tus pasos, te quiero conmigo, yo me dejaré llevar también, llévame hasta donde estés dispuesta, disimularé que no me pongo nervioso, disimularé una sonrisa que no seré capaz de esconder. Hoy volveré a verte, y parece que haya pasado tanto tiempo desde la última vez...

© La palabra de Jesse Custer 2014

Te abrazaré...


"Te abrazaré tan fuerte que romperé tus miedos"

© La palabra de Jesse Custer 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

Confundido.


Sentado en el abismo, ese abismo de siempre, empecé a fantasear con ella, la suave brisa se mezcló con el olor de su piel y una vez más la fantasía se confundió con la realidad. Su pelo podía tocarlo alborotado por el viento, sus ojos podía verlos confundidos dentro de los míos, su piel podía olerla tan dulce y tan delicada, sus labios podía sentirlos tan húmedos y tiernos. Una vez más me pregunté si era un sueño o estaba ocurriendo de verdad. A veces estaba convencido de la realidad. A veces estaba convencido del sueño. Otras veces, simplemente confundido.

© La palabra de Jesse Custer 2014

¿Bailamos?


Solo es un baile para dos y ella baila conmigo y lo hace sin parar, baila cuando suena la música, no importa que esté demasiado alta ni demasiado baja, se desmelena y me mira y no me quita ojo, sonríe y baila con rabia, rebelde, con euforia, salvaje, sé lo que piensa cuando lo hace, es toda una fiera indomable, su cuerpo es bravío y su danza feroz. Sería demasiado atrevido unirse a ella, algo imprudente y temerario pero cuando te das cuenta estás atrapado entre sus brazos, arrestado a su cintura, prisionero en su calor y te encuentras sin escapatoria y sin salida en un baile que no tiene final, clavado en su mirada, donde nunca quieres terminar. Solo es un baile para dos.

© La palabra de Jesse Custer 2014

viernes, 5 de diciembre de 2014

Este cuento ha empezado.


¡Cuerpo a tierra!: -Hay una chica nueva en la ciudad, hija de la vieja escuela y de mil batallas, está cansada de pasar su vida con gente a la que nunca llega a conocer, ya no necesita nada, ya no confía en nadie, no quiere canciones de cuna ni canciones de amor, no busca un lugar exacto donde ir y no se arrepiente de nada, hace lo que quiere sin pedir permiso y ya no se deja caer, ni siquiera ahora que su mundo está patas arriba y es más difícil refugiarse. Ojalá me la encontrase fumando en el parque, sentada en un banco, ojalá tuviera el valor de decirle que no pasa nada, ojalá que pasara la noche conmigo, ojalá que me diera lo que no le pido.

© La palabra de Jesse Custer 2014

sábado, 26 de enero de 2013

Tres libros de Bukowski que no deberías perderte.


La esencia del Realismo Sucio

Mucho se ha hablado y aún queda por hablar de quien nació Heinrich Karl Bukowski, se apodó Charles y se hizo Henry Chinasky. Bebedor, mujeriego, con gusto por el juego y sin pelos en la lengua ni en la pluma. Así fue y es Charles Bukowski. Con casi tantos detractores como defensores desde que Black Sparrow Press se decidiese a darle un futuro como escritor profesional sus obras atemporales y su desgarradora prosa siguen vigentes más que nunca como icono de las nuevas generaciones. Si me preguntáis que leer de él os diría que todo. Pero si me preguntáis que NO podéis morir sin leer del káiser de Los Ángeles…


Mujeres (1978). Novela

Sin duda piedra angular de su novela y junto con “La senda del Perdedor” una de las imprescindibles para comprender un poco las motivaciones del escritor. En “Mujeres” Bukowski usa de nuevo a su alter ego Henry Chinaski para relatar su propia vida. En el culmen de esta. Con 50 años y una carrera literaria en auge que cada vez le reporta más prestigio y dinero por primera vez en su vida Chinaski puede dejar de soñar despierto y vivir la vida que siempre quiso. Las mujeres y el alcohol le llaman a todas horas del día y él siempre está ahí para levantar el auricular. No quiere perderse nada. Ni fiestas ni faldas ni botellas enteras de escocés para él solito. Escupe a los hombres y secuestra a sus mujeres. Ama. Jode. Bebe. Pelea. Y ama. Y escribe. Claro exponente de su estilo.

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1972). Relatos

Los relatos aquí reunidos parecen haber sido extraídos por la temblorosa mano de Bukowski, presa del mono de alcohol, sin escalpelo y de sus propias entrañas pútridas. Crónicas brutales sobre la pesadilla americana. Del «desierto de neón», tan exentas de hipocresía, tan auténticas, que hacen estremecer. Una colección de relatos donde Bukowski recrea su vida, sus trabajos en fábricas, oficinas de correos, su vagabundeo, su alcoholismo… Utilizando siempre personajes que constantemente nos recuerdan a él. Todos unidos por el mismo patrón. Son fracasados, ya sea porque así se sienten o así los ven. Una obra imprescindible.


Shakespeare nunca lo hizo (1979). Diario/Crónica

Pese a que muchos lo desconozcan, Bukowski intentó estudiar Periodismo, aunque lo abandonó, y de hecho trabajó como periodista en una columna titulada “Notes of A Dirty Old Man” que posteriormente fue reunida en un libro. En “Shakespeare nunca lo hizo” utiliza su habilidad como retratador de la realidad para contar su gira por Europa a finales de los setenta, cuando en EEUU aún no tenía proyección. Con su brutalidad de siempre relata su polémico y conocido paso por la televisión francesa, sus peleas con sus lectores en los recitales que da en su Alemania natal… Todo ello amenizado con las fotografías de Michael Montfort, de quien también cuenta cosas en el libro.
Hasta aquí el artículo. Each One Teach One.
Vía: C'mon Murcia

lunes, 7 de enero de 2013

Las piernas mas bonitas de la ciudad (La pequeña historia).


Me encantaba. Podía pasarme horas observando esas largas piernas sin darme cuenta de que pasaba el tiempo ni de lo que sucedía a mi alrededor, podían desmoronarse imperios, asesinar a cien reyes que mientras tuviera sus piernas delante todo pasaba sin darme cuenta. 

A ella le gustaba y posaba para mi, se ponía cachonda cuanto más la miraba, con esa cara y esos ojos que ponía, mientras me fumaba un cigarro y la devoraba sin necesidad de tocarla. A ella le gustaba, sí, esas piernas desnudas eran mi perdición, y era genial.

Pero un día se cansó de ver como la observaba, tanto a ella como a sus largas piernas, y se largó, me quedé solo, con esa cara con la que me dejó, sin expresión, sin forma.


Ahora ella no está, se fue sin darme tiempo a decirle adiós, sin tiempo a decirle que fueron las piernas mas bonitas que había visto. Escuché una vez que ahora se dedica a caminar, camina y camina con sus preciosas piernas, y los hombres la miran como la miraba yo, y va recorriendo lugares sin rumbo, con esas piernas tan largas... Las más bonitas de la ciudad.

© La palabra de Jesse Custer 2013


lunes, 3 de septiembre de 2012

La Pequeña Odesa


La pintoresca Rusia americana, donde sus calles y barrios se adaptan al alma de sus habitantes, Brighton Beach, o  la Pequeña Odesa como la llaman ahora, ya que buena parte de sus habitantes, muchos de ellos judíos ucranianos, las aguas grises del Atlántico les recuerdan a la costa de su Mar Negro. Ubicada en Brooklyn, uno de los cinco condados de la ciudad de Nueva York, no es un gancho atrapa turistas como Little Italy, si no como brillantemente la describió el periodista Michael Idov “como una maqueta del paraíso capitalista a tan solo 40 minutos de la realidad, una fantasía nostálgica del país dejado atrás”. 

La Pequeña Odesa es misteriosa, cuesta descifrarla y todo está hecho para mantener a raya al forastero y al curioso, podrías recorrer todos los días de tu vida las mismas calles y no llegar nunca a toda su esencia. Te sumerges en otro mundo y no resulta raro lo increíblemente fácil que resulta creer que realmente estás en tierras eslavas. 

Debes tomar la línea Brighton, en la avenida Brighton Beach en la Sexta calle Brighton en Coney Island, Brooklyn, apenas un pequeño paseo y te encuentras en otro mundo, al bajarte del tren la Pequeña Odesa te muestra su esplendor, los restaurantes llenan el paseo marítimo, algunos incluso a tres niveles, también los hay que bordean las calles, los cantantes interpretan canciones folclóricas y el salmón y el vodka nunca faltan en las mesas, la prensa escrita en ruso y los carteles en cirílico,  la Amazing Flowers, una tienda de muñecas donde se encuentran las gruesas y más bellas babushkas, la M&I International Food en la Brighton Beach Avenue,  dejándote embaucar por el olor a caviar y a los pierogi y los borscht, una antigua barbería en la Parikmakherskaya con Syoma, su barbero del Minsk. Lo corriente aquí es que nadie te entienda y los dueños de los comercios recurran a sus hijos más jóvenes para traducirte, miles de soviéticos inmigraron a Norteamérica en la década de 1960, antes que ellos los inmigrantes judíos habían llegado huyendo de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial.

Si quieres escapar de la misma mierda de todos los días, no hay lugar mejor. Recuerda esta palabra “Spasiba”, pues en Brighton Beach te abrirá muchas puertas.

jueves, 23 de agosto de 2012

El escritor ha vuelto.


El escritor ha vuelto, no te deja en paz, ha vuelto a por ti a terminar lo que empezó, no vale esconderse, hará lo que quiera contigo, ha vuelto para desgarrarte la ropa, quiere romperla, se comporta como un animal salvaje.

Ha vuelto dispuesto a destrozarte, quiere morderte y arañarte, prender fuego a tu ropa y tus libros, esparcir sus cenizas, romper tus cuadros y pisarlos, escupir en tu suelo.

Ha vuelto para hacer lo que quiera, no puedes evitarlo, no puedes escapar, el escritor ha vuelto, no te deja en paz. 

Quiere agarrarte, arañarte, morderte, exprimir tus labios, presionar su cuerpo sobre ti, empapado en sudor, huele a humedad, ha llegado hasta ti.

Quiere morderte los pechos,  taparte la boca, presionar su lengua contra tu entrepierna, sentir tu humedad y tu calor, el olor que desprendes.

Ha vuelto a por todas, no hay vuelta atrás, ha vuelto a terminar lo que empezó, quiere golpear tu trasero,  que vuelen las cenizas, que sientas la fuerza de su miembro,  que lo toques y lo adores, que lo lamas  y lo aprietes,  que lo muerdas y lo recorras, que lo sientas dentro de ti.

Y empuja, empuja, empuja, empuja, te folla como un animal, es un animal salvaje, hace lo que quiere contigo. 

Y haré lo que quiera contigo.

Como muerta muere el alma.


La carne pesa como muerta, bloques de hormigón caen encima de tu cuerpo, te aplastan y no te dejan respirar, la sensación se hace insoportable, un edificio cae encima y uno más, te aplasta, te aplasta, no te dejan respirar, no te dejan respirar, no puedes respirar, el alma sale despedida y sientes un ligero alivio, pero la sensación de vació es asfixiante, no da tregua, la sensación de vacío te mata, y te mata, y te mata, el alma sale despedida y observa el cuerpo derrotado, lo observa, y lo observa, y lo observa, piensa en escapar, piensa en volar, en caminar, en respirar, por un segundo piensa en vivir, pero sabe que no puede dejar su cuerpo, su maltrecha carne aplastada de aquel modo, y piensa en volver, en volver, en volver, pero no vuelve, no lo hace, no lo hace, observa como su cuerpo, su antigua carne cae al vacío, al abismo insostenible, cae, y cae, y cae, no tiene final, es una caída descontrolada, muy rápida y también muy lenta, el cuerpo gira sobre si mismo, da vuelvas, y vueltas, y vueltas, los movimientos llegan a ser grotescos, obscenos, sucios, degradantes, y el alma se avergüenza, el alma se avergüenza de su cuerpo, se avergüenza de su carne, se avergüenza de sus pensamientos, de sus miedos y esperanzas, de sus ideas y locuras, de sus decisiones e indecisiones, de sus correcciones y equivocaciones, de sus sueños y despertares, de sus días y sus noches, de sus tardes de junio y julio, de sus otoños e inviernos, de sus idas y venidas, de sus salidas y sus entradas, de sus polvos y caricias, de sus palabras, de sus tactos, de sus sabores, sus perfumes, sus sudores, sus cagadas, sus humillaciones, sus falsedades y sus verdades, sus decoraciones, sus excentritudes, sus palabras, sus pensamientos, sus escritos, sus sueños olvidados y rotos, sus esperanzas muertas, como muerta muere el alma, lenta, lenta, lentamente.

martes, 8 de noviembre de 2011

Mientras, fuera, estallaba la guerra.



Me arrestaron por matar el tiempo. Entraron a mi casa un día cualquiera, abrieron la puerta de golpe, yo me encontraba sentado en el sofá, en camisa y calzoncillos, bebiendo una cerveza. No avisaron, no les esperaba. Hicieron mucho ruido cuando llegaron.
Me levantaron del sofá sujetándome por los brazos: -Queda usted detenido por matar el tiempo. No dije nada, me quedé mudo, no me dieron tiempo a terminar la cerveza ni a ponerme unos pantalones. Un pequeño grupo de gente se agrupó en la puerta de mi casa asomando la cabeza por ella, los muy curiosos, miraban también a través de ventanas, a través de las mirillas de las puertas de las terrazas, desde las plantas bajas y las altas.. Me arrastraron fuera, apartando a los mirones y empujándome a la frialdad de la calle. Fuera, una madre tapaba los ojos a su hijo, un anciano escupía al suelo sin quitarme ojo, una joven me escrutaba con la boca abierta, pensando qué estaría ocurriendo, cosa que ni yo sabía. Otra chica se masturbaba mientras contemplaba la escena, otra vino a mi y me estampó un beso en la boca, un joven me observaba con el ceño fruncido.

Me metieron en un coche y yo me dejé llevar mientras miraba fijamente mis calzoncillos, pensé que debería habérmelos cambiado por otros mas bonitos y limpios. En la carretera el tráfico estaba parado, todos se apartaban para dejarnos paso, nos saltamos semáforos en rojo, jamás me habían tratado con tanta delicadeza, me sentí alguien importante. 

Bajé la ventanilla para que entrara el aire, hasta entonces no me había percatado del completo silencio que reinaba fuera; los perros habían dejado de ladrar, los coches ya no golpeaban sus claxon, los niños habían dejado de pegar patadas al balón, los recién nacidos ahogaban sus llantos, nadie se quejaba de nada, ni siquiera el viento se dignaba a dejarse oír, se había quedado todo completamente en silencio, completamente parado, mientras me llevaban no sabía donde.

Intenté decir algo, moví los labios pero no salieron palabras, uno de mis raptores también habló, pero no salió voz alguna de su garganta. Grité, tosí, volví a gritar pero no había forma de recuperar la voz. El tiempo que conducía giró la cabeza hacia atrás, me miró y se puso un dedo entre los labios, pidiéndome que guardase silencio, quise decirle que no se preocupara, que ninguno teníamos voz, pero de nuevo de mi garganta no hubo sonido alguno por mucho que moviera los labios. El tipo volvió a repetir el gesto y ya no dije nada más. Mientras, fuera, todo seguia igual, nada había cambiado. El tipo que estaba de copiloto enchufó la radio, al principio solo se escuchó ruido, como cuando intentas sincronizar bien un canal de radio pero no lo consigues, hasta que al final sintonizó algo. Al principio no lo reconocí, hasta que caí en la cuenta de que era el inconfundible Schubert. Su música me relajó un poco, mientras intentaba seguir hablando pero sin lograr decir nada.

Me acompañaron a mi celda del psiquiátrico, yo intentaba decirles que necesitaba cambiarme los calzoncillos, pero nadie me escuchaba porque no tenía voz. Me empujaron dentro, realmente no se estaba mal del todo allí. Por un momento me acordé de la cerveza que me había dejado a medias cuando me sacaron de casa, pero fue un pensamiento pasajero, pronto lo olvidé de nuevo.

Mientras, fuera, estallaba la guerra.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Reino sin proclamar.


Ella camina varios pasos delante de mi, yo la sigo como un perro faldero manteniendo la distancia impuesta. Camina con la cabeza bien alta, sintiéndose orgullosa de quien es y de lo que es, yo en cambio miro al suelo y observo mis pasos; cómo un pie precede al otro al ritmo que marco. Nunca pensé que perdería la cabeza de aquel modo por una mujer así, no me atreví a decirle todo lo que sentía por ella, y ella nunca se atrevió a decirme qué pensaba de mi. El mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, podían despedirme de mil trabajos, que ella siempre permanecería a mi lado, podía saltarme mil semáforos en rojo, podía tumbarme media hora en las vías del tren, dejarme caer de un balcón, enfurecer a los perros, chillar a los jóvenes, decir lo que pensaba sin ningún reparo, abandonar a mi mujer y a mis hijos, dejar la ciudad sin nada en los bolsillos, perder todo mi dinero, encontrarme en la miseria, porque mientras ella estuviera conmigo nunca me pasaría nada malo.
Sus tacones aceleran el paso mientras pienso todo esto, su caminar es delicado y a la vez descarado, arrogante, podía parar el mundo de un manotazo si quisiera y nadie se daría cuenta de lo ocurrido, podía enamorar a todos los hombres y mujeres y sin excepción caerían a sus pies. Era una diosa, una reina sin proclamar su reino. De pronto echa un vistazo hacia atrás y me observa un breve instante con mirada desafiante, luego vuelve a mirar al frente mientras saca un pintalabios y un espejito.
Yo no era nada para ella, apenas un simple escritor que a durísimas penas podía pagar el alquiler y comer cada día, se merecía alguien a su altura, alguien que pudiera ofrecerle lo que deseara, alguien que pudiera regalarle una vida a la altura de una diosa, de una reina. Sabía que aquel tipo nunca sería yo. Eso me entristecía, era algo que pensaba mientras continuaba observando mis propios pasos.
Hace tan solo unos minutos que voy así tras ella, cuando a varias calles se dirige de frente hacia nosotros un tipo alto, diría que casi de dos metros, va vestido con un traje, camisa blanca impecable y corbata con un nudo perfecto, cuanto más se acerca mejor aprecio sus facciones, va pulcramente afeitado y el pelo como recién cortado, de un negro imponente, sus zapatos también negros brillan con el reflejo del sol a cada paso que da, lo que se dice un tipo con clase. Apenas está a unos metros de nosotros, sus aproximación es inminente, de pronto ella se lanza fervorosamente a los brazos de él, y éste la recibe con un entusiasta abrazo, sonriente con su dentadura perfecta. Yo continúo andando, arrastrando mis pasos y dejando atrás a aquel par de desconocidos. Ella nunca podría ser mi reina, ni mi diosa, era algo que tenía que aceptar.
Entro a un bar y pido una cerveza a la camarera, es guapa, muy guapa incluso, de ardiente mirada, desprende fuerza y carácter, la imagino como una sirena, como una reina de un mar sin proclamar, el mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, sabía que con ella nunca me ocurriría nada malo...

jueves, 9 de diciembre de 2010

Toilets.


Los servicios del bar estaban encharcados de orina, me entretenía intentando apuntar dentro de la taza, era algo que me divertía cuando agarraba una curda. Mientras me sostenía la picha y me tambaleaba un poco perdí el equilibrio y caí al suelo, mi muslo izquierdo quedó empapado de orina, me levanté apoyándome en la taza y me palpé el muslo para comprobar la gravedad del asunto; luego me olisqueé la mano, no sé muy bien por qué hice aquello, me entraron arcadas y un chorro de vómito atravesó mi garganta cayendo a la taza del váter y al suelo.
Me miré al espejo, me froté el muslo mojado con un poco de papel, no sirvió de mucho, me lavé las manos y me mojé la cara, la vomitona había salpicado en el pecho de la camisa, lo limpié lo mejor que pude. De pronto entró ella a los servicios: -Tardas mucho, pensé que te ocurría algo. -Dijo preocupada. -Nada nena, nada, todo va bien. -Dije espolsándome la ropa. Observó detenidamente mi aspecto desaliñado, mi barba de tres días sin afeitar, mi pelo alborotado en el que alguna cana asomaba impertinentemente, mi camisa una talla mayor, los pantalones sucios y con la bragueta bajada; no me di cuenta que la había dejado abierta y con la polla fuera. Mi pene se percató de su presencia, así que se puso tieso y la miró desafiante. Ella le devolvió la mirada, se acercó y la golpeo con la palma de la mano, lo dejó tambaleando unos instantes hasta que recobró la compostura, de pronto la volvió la golpear, esta vez con mas fuerza, dejándomela palpitante y las venas hinchadas. Ella, impresionada ante la reacción y la fuerza del miembro se pasó la lengua por la palma de la mano, se escupió y la agarró con fuerza, como si pretendiera ahogarla, comenzó a frotar, poco a poco, sabía bien lo que hacía, cada vez con mas furia. De vez en cuando dejaba caer un chorrito de saliva entre sus labios para continuar frotando.Yo observaba tranquilamente la escena, sin tener muy claro qué hacer o decir, pues no me atrevía a entrometerme entre ellas, entre el esplendor de la batalla.
Al cabo de un rato se cansó de frotar, dejándome el pene inflamado, me mojé las manos en el lavabo y me lo salpiqué con agua fría para calmarlo un poco, pues me lo había dejado hirviendo. Ella se subió la falda para enseñarme las bragas, eran amarillas y una mancha de humedad brotaba de su entre pierna. Mi pene se sintió orgulloso, y yo de él. Me acerqué y le restregué la polla por las bragas empapadas, era divertido.
Salimos a la calle, la noche inundaba la ciudad, nos comportamos como quinceañeros metiéndonos mano entre los portales, la humedad de sus labios me embriagaba, me tenía atrapado y podía hacer conmigo lo que quisiera. La muy golfa. Me contó que su marido no la trataba así, que la quería tanto que la tocaba con miedo, la consideraba algo tan delicado que incluso se la metía con cuidado para no partirla en dos, que jamás la cogía con fuerza ni la tiraba con furia sobre la cama, me contó que ella se limitaba simplemente a dejarse hacer porque no quería dañar sus sentimientos, pero que los años pasaban y tenía una sed que calmar. Le dije que no se preocupase, que ahí estaba yo para eso, que siempre soñé con ser "el otro". Me miró sonriendo, me arrastró a un portal abierto agarrándome el paquete con fuerza.
La acompañé hasta su casa, me dijo que su marido la estaría esperando, le pregunté si la volvería a ver. No dijo nada, simplemente me metió la lengua en la boca y desapareció en la oscuridad del portal de su casa. La muy golfa.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Solitarios.


Lo habíamos dejado hace mucho tiempo, no recuerdo los años si quiera. La verdad no sé para qué coño habíamos decidido quedar ahora después de tanto tiempo. La tensión sexual era obvia. Estábamos hablando de no sé qué cojones en una cafetería. No entiendo cómo logró liarme para verme, la verdad es que ni siquiera estoy seguro de que me llamara ella o si fui yo quien la llamó. Qué mas da. Ella estaba igual que siempre, o al menos así me lo pareció, en todo caso algún kilito de más pero nada preocupante ni nada que destacase especialmente.
Yo a lo largo de mi vida siempre evitaba mirarme lo menos posible ante un espejo, lo evitaba por encima de todo, incluso entraba de espaldas en los ascensores para no toparme de frente con uno, de todas formas a veces inevitablemente no me quedaba mas remedio que observar mi reflejo en uno y la imagen que veía no era, sino la de un completo desconocido, siempre que esto ocurría me sorprendía a mi mismo con una nueva cana o una nueva arruga. Me preguntaba por curiosidad qué es lo que ella vería en mí después de todo este tiempo. No sé quien lo dejó con quien o si fue cosa de los dos, pero tampoco quiero hacer memoria. Eso ya no importaba. Qué mas da.
Decidimos abandonar la cafetería e irnos a su antiguo piso, hablamos del tiempo como cuando hablas de cualquier cosa por no quedarte callado, aunque yo realmente prefería el silencio a este tipo de conversaciones absurdas. Pero si hay que hablar de gilipolleces, se habla de gilipolleces que no pasa nada. Al fin llegó el momento en que ninguno de los dos tenía nada que decir. Por desgracia tuve la compasión de percatarme en que ella estaba incómoda con aquel silencio, así que decidí sacar un tema y como si tal cosa le pregunté por su nuevo novio, no sé por qué dije aquello cuando en realidad me importaba una mierda, lo peor era que cuanto más me contaba lo feliz que era con él, más me sentía envejecer por momentos, la observaba mientras hablaba de él, se entretenía en rascarse la nariz, acariciarse el pelo, la mirada siempre perdida observando el vacío, se entretenía también en jugar con la cajetilla de tabaco, todos aquellos gestos no hacían más que desmentir sus palabras, pude ver perfectamente que nada era tan genial como estaba diciendo, pues ni siquiera ella misma era capaz de creerse sus propias palabras. Menuda golfa mentirosa. De pronto me lance a su boca como si tal cosa, y no se apartó.
Total, que así me encontraba ahora, tirado en el sofá encima de ella con los pantalones tirados por el suelo y mi miembro erecto entre sus piernas, seguía comportándose igual que años atrás cuando follábamos, la cabeza se le inclinaba un poco hacia atrás con los ojos entornados y su cara ligeramente sonrojada por la vergüenza de su propio placer, aunque no era la misma, algo no iba bien, la sentía vacía, como si nada le importase y no supiera muy bien qué estaba haciendo en aquel momento. La verdad es que no sé por qué hice aquello y aún me preguntó como ella me permitió hacerlo. El caso es que acabé pronto, no quise entretenerme, salí de su cavidad dejando su cuerpo de nuevo vacío, vacío como me había demostrado que se encontraba. Decepcionante. Ya no era la persona llena de vitalidad, segura de sí misma y ese carácter con el que se comía el mundo entero, solo veía en ella un trozo de carne inerte, moviéndose de allá para acá sin tener muy claro por qué, ni qué hacer ni qué decir, insegura incluso de su propia respiración, de su propia existencia y del mundo que la rodeaba, como si su propia vida fuera un sueño de esos que solo tienes un recuerdo impreciso y piensas si ha pasado de verdad o no. Así era su vida, así me la había demostrado, y follarla de aquel patético y triste modo no ayudó en nada, pues ni siquiera seguía manteniendo el fuego que la caracterizaba, su piel ya no hervía con nada, ni siquiera con el sexo ni con el contacto de un pene. Tuve la necesidad de huir de allí, necesitaba escapar, cada segundo que pasaba a su lado era un suplicio, no podía hacer nada por ayudarla por el rencor que aún le guardaba, por todo el daño que me había hecho pues ni siquiera tenía la ligera idea de todo lo que había sufrido su ausencia. Tenía que salir, verla fue un error, otro más. Busqué rápidamente los pantalones, con las prisas me los puse al revés, ella me miraba sin decir nada mientras me volvía a bajar los pantalones para ponérmelos bien. Me odié por todo lo que sentía en aquel momento, me odié por la imagen que ella me había dado de si misma, pero no podía hacer nada, solo huir.
Me di pena a mi mismo, me sentí patético por compadecerme de ella, pero odié aún más al tipo que la estaba echando a perder, estaba convencido que él era el culpable de haberse comido todo lo que ella fue en un pasado, él, la persona con la que había decidido compartir su vida, él, maldito bastardo, si lo tuviera delante lo mataría a sangre fría sin dudarlo un momento, pagaría por no tratarla como se merece, pagaría por destrozar su existencia y permitir que se consumiera día a día. Cerré los ojos, tomé aire y le dije que tenía que marcharme, que había sido un placer verla de nuevo y deseándole que de verdad todo le fuera bien.
Me encontraba en la calle, andando sin rumbo a ningún lugar, pues me había quedado destrozado después del rato pasado con ella. Pensando como era posible que una persona se desintegrase de aquel modo, no entendía como una mujer con el carácter que ella tuvo se evaporase de aquella manera en los años que habían pasado. Sentí un escalofrío, pues si algo así podía ocurrirle a ella yo también estaba en peligro. Y el mundo entero, también.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gélida noche.


Siento el frío del revolver dentro de mi boca, sabe a grasa y a gélido metal, todo mi cuerpo tiembla mientras sostengo el arma en esta posición. Ella se encuentra tirada a mi lado, tan cerca de mi que es inevitable pisar la sangre viscosa que emana de su cuerpo empapando toda la moqueta del apartamento.

Es de noche y la habitación solo está iluminada por alguna farola del exterior, y por las luces de las sirenas de policía que intermitentemente asoman durante milésimas de segundo a través de la ventana para volver a desaparecer. Entre las sombras se distinguen varias personas apuntándome con sus respectivas armas, también se escuchan sus voces: -Tire el arma y entréguese, no volveré a repetírselo. Cierro los ojos con fuerza mientras me desplazo unos centímetros y uno de mis pies tropieza con el inanimado cuerpo de ella. Un frío espectral recorre mi piel mientras mi dedo acaricia el gatillo del arma.

Apenas unas horas antes jamás hubiera imaginado una situación así, o puede que tal vez si. Recuerdo hace unos años cruzando la interestatal 5 en California, ella iba al volante cuando pasamos por un cartel que marcaba Los Ángeles 152, de pronto se colocó en el carril contrario cuando la gran mediana de césped que separaba ambas direcciones le permitió hacerlo, pensé que sería nuestro fin al estrellarnos contra algún coche de frente, avanzó así durante unos kilómetros hasta que decidió detener el coche en el arcén, me miró con los ojos muy abiertos y preguntó: -¿Me quieres Jesse?. La miré sorprendido y asustado: -Joder nena, claro que si, te quiero, pero no vuelvas a hacer algo así joder. Se llevó las manos a la cara y comenzó a gritar diciendo que si no la quería y que si pensaba dejarla este era el momento de decírselo. Intenté calmarla mientras la convencía para conducir yo.
Hubo una noche en la que me levanté de madrugada para hacerme algo caliente de beber, unos minutos mas tarde se acercó a ver qué estaba haciendo y me preguntó de pronto si alguna vez había tenido dudas. -¿Dudas de qué, nena? -Dije cansado. Me miró con los ojos muy abiertos: -De nosotros. Contestó preocupada. Le dije que alguna vez si en todos estos años, pero que era algo normal y tenía claro que la quería y que quería estar con ella, que no era algo de lo que había que preocuparse. Una vez dije aquello se asomó a la ventana y se dejó caer. Por suerte para ella en aquel entonces vivíamos en una primera planta y solo consiguió hacerse daño en una pierna y doblarse un tobillo.
Recuerdo otra ocasión en la que me pidió que le pegase, le dije que era incapaz de eso, que jamás le pondría una mano encima, me llamó inútil y dijo algo relacionado con mis cojones. Sacó un cuchillo de la cocina y comenzó a rajarse los muslos con él, chillaba de insoportable dolor pero no dejó el cuchillo en ningún momento, fui a quitárselo pero solo conseguí llevarme varios cortes en las manos. Vi el libro de Sexus de Henry Miller que por aquel entonces me estaba leyendo y se lo lancé a la cabeza, eso le hizo soltar el arma y llevarse las manos donde el libro la había impactado, logré calmarla no sin antes llevarme unos cuantos insultos y varios arañazos.
Ahora, hace apenas unas horas ha venido con dos paquetes envueltos, muy contenta y sonriente. Me ha dado uno y ha dicho que era para mi, lo he abierto y he encontrado el arma que ahora tengo en la boca, observo estupefacto el "regalo", ella saca un arma igual del paquete que lleva consigo, no sé de dónde coño las habrá sacado, tampoco le pregunto ya que me siento incapaz de articular palabra. -¿Me quieres Jesse?. Pregunta contenta y muy animada. -Joder, si. Logro articular.Se pone a mi lado, me besa y luego me mira: -Muy bien querido, si es verdad que me quieres te veo ahora, ya sabes lo que tienes que hacer y no me hagas esperar, capullo. Dicho esto se coloca el arma en la sien y suena un disparo.
Un sudor frío baña mi cuerpo mientras me exigen que tire el arma y me entregue, es fácil decirlo, pero ella se ha ido sin mi y no quiero dejarla sola allá donde esté. Vuelvo a acariciar el gatillo del arma cuando escucho una voz: -Maldito cabrón, te dije que no me hicieras esperar, ¿qué coño estabas pensando? Capullo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Mi bohéme.

La áspera voz de Billie Holiday suena de fondo. Ella se encuentra recostada en el sillón sin apenas ropa y yo sentado frente a ella intentando dibujarla. Le relleno la copa de vino y le enciendo un cigarrillo, tiene la mirada perdida, quizás se esté aburriendo conmigo, quizás esté cansada de posar para mi durante tanto tiempo.

Tiro el lienzo al suelo y coloco otro, y ya van tres. Estoy pasando una mala racha y no hay modo de conseguir nada que merezca la pena, es desesperante. El ventilador del techo traquetea sin descanso y el aire corre entre mi camisa abierta, tiro la colilla al suelo y me sirvo una nueva copa, siento que me está observando y que percibe mi frustración, termino la copa de un trago y me sirvo otra. Se levanta del sillón, me gusta verla desnuda aunque no logre plasmarla en mis dibujos, se acerca a mi y se coloca detrás acariciándome los hombros, me pasa una mano entre el pelo y juega con mis cabellos, sabe que me encanta eso, voy a decir algo pero me pone un dedo entre los labios buscando mi silencio, acerca los suyos a mi oído y me susurra algo en francés que no logro entender especialmente bien, la miro y sonrío, ella me devuelve la sonrisa, vuelve a su sitio sin quitarme ojo, muy divertida, me recompongo y vuelvo a intentar dibujarla.

Mientras me enfrento al nuevo lienzo en blanco recuerdo como la conocí, hace apenas unos días nos presentaron en una fiesta, mi colega McGregor había insistido en que lo acompañase y acepté a regañadientes con la excusa de que me pagaría todas las cervezas de la noche, así que me pareció un buen trato. Recuerdo cuando nos presentaron y nos dejaron a solas, cuando comenzamos a hablar descubrimos que no compartíamos el mismo idioma pero no nos importó. Ella sonreía cuando yo hablaba, y yo hacía lo propio cuando hablaba ella en su perfecto francés. A través de los gestos logré hacerla entender que me dedicaba a la pintura y la poesía, aquello pareció despertar su interés cuando me llamó bohémien. Según entendí ella se dedicaba a la fotografía, mas tarde comprendí que aquella fiesta era la inauguración de la exposición de su nueva obra, fue entonces cuando presté cierto interés a las imágenes que colgaban de las paredes, eran todas en blanco y negro y muy melancólicas, solo fotografiaba mujeres y en su mayoría desnudas, una de las fotos era una chica joven tirada en la cama con varias latas de cerveza aplastadas a su alrededor, en otra se veía una mujer sentada con el pecho desnudo mirando fijamente a la cámara, en otra fotografía una mujer estaba apoyada en el marco de una puerta y la cara hundida entre las manos. Realmente me gustó su obra, con ese aire de derrota y esa estética decadente.

No sé como conseguimos entendernos para que ahora ella se encontrase desnuda delante de mi mientras intentaba dibujarla. Dibujé los primeros trazos sobre el lienzo, la miré y me lanzó un beso con la mano, lo cogí y me golpeé el pecho, después de aquello mi mano cobró vida propia y el cuadro comenzó a tomar verdadera forma, de un modo que hasta entonces no me había imaginado capaz, me sentí pletórico, me sentí feliz, no podía dejar de pintar aunque quisiera, pensé por un momento que la sensación podría deberse al exceso de alcohol, así que cogí la botella de vino que estaba a la mitad y la estampé contra el suelo con furia y rabia, luego continué dibujando con aquella sensación de éxtasis que ahora sin lugar a dudas, me inspiraba la delicada francesa. Mi francesa. Mi bohéme.

martes, 2 de noviembre de 2010

Blanca noche.


Salimos del piso extasiados y destrozados. La noche se ha alargado tanto que pronto amanecerá. Esperamos el ascensor para que nos baje a la calle, mientras esperamos la observo, está demacrada y tiene un poco de coca en la punta de la nariz, le paso un dedo para limpiársela y luego me lo llevo a la boca. Yo tampoco me encuentro nada bien, mi corazón bombea de forma arrítmica y siento que estoy en el límite.
Entramos al ascensor y nos observamos en el espejo, mirando nuestras caras, luego nos miramos a los ojos y sin decir nada estamos de acuerdo en que nos hemos vuelto a pasar, una noche más. Saca un tarrito en el que guarda un poco de coca, hunde un dedo en él y se mete un tiro, me ofrece poniendo su dedo delante de mi cara y a pesar de todo no me lo pienso dos veces. Apoya la cabeza en mi hombro y ahora todo me importa una mierda.

Salimos del ascensor dando tumbos por la calle, nos tapamos los ojos con las manos aunque el sol aún no ha salido, pero la claridad nos resulta insoportable. Ando muy deprisa, directo a la parada de taxis, ella va tras de mi tirándome de la chaqueta, prácticamente voy corriendo y no puede seguirme el ritmo, pero no paro ni un instante, no logra seguir mis pasos y termina cayendo al suelo, me acerco a levantarla cuando saca el puto tarrito de coca, le golpeo la mano que lo sostiene y el tarrito cae al suelo derramando lo poco que queda, luego le golpeo en la cara, la agarro de un brazo y la levanto, entramos a un taxi, doy una dirección mientras me limpio la sangre que cae de mi nariz con la manga de la chaqueta.
Llegamos al piso, su piso. Nos tiramos vestidos en la cama, ella se duerme al instante, yo no logro conciliar el sueño pensando que al amanecer me sentiré viejo y cansado, aparto esos pensamientos rápidamente y observo su cuerpo tirado de cualquier manera mientras los primeros rayos del sol entran por la ventana, al final caigo rendido por el sueño. Mañana sería un nuevo día... o no.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Desconocida.

No me gustan las fiestas. Pero ahí me encontraba, rodeado de gente estúpida. Fui invitado por la revista "The Other Side", la cual publicó uno de mis relatos, les gustó tanto que incluso insistieron en hacerme una pequeña entrevista "para conocer mejor al autor", fue ahí donde me invitaron, sentí la obligación de asistir dado que habían mostrado un cierto interés en mi.

La fiesta se encontraba en un chalet a las afueras de la ciudad, había barra libre en la segunda planta, que servía de gran ayuda para aguantar todo aquello. Estaban invitados algunos de los artistas mas reconocidos; pintores, músicos, poetas, diseñadores y escritores; Aunque lo único que yo veía eran caras demasiado pulcras, demasiado inocentes y limpias, demasiado inmaduras e hipócritas.

Reconocí a algún pintor y a algún músico. A mi también me reconocían, me saludaban estrechándome la mano y sonriendo falsamente, yo hacía lo propio, por suerte mi Vodka7 ayudaba a soportar aquello, de otro modo hubiera salido corriendo presa de un incontrolable pánico.
Había gente por todos lados, unos iban de aquí para allá saludando a todo el mundo, otros se concentraban en pequeños círculos de cuatro o cinco personas y solo hablaban entre ellos. -Señor Custer, un placer verlo aquí, para nosotros es un honor. Dijo el director de "The Other Side", él mismo se había empeñado en hacerme esa pequeña entrevista y convencerme de que asistiera a la fiesta. -Gracias a ustedes por invitarme esta noche, el placer sin duda es mio. Dije sonriendo y con toda la sinceridad que me fue posible. Me preguntó por mis proyectos, hablamos sobre la fiesta y la bebida, intercambiamos un par de palabras más y luego continuó saludando a más invitados, sin perder por un momento la sonrisa que lo acompañaba a todos lados.

Fui al baño para despejarme de tan anodina conversación y dejar de sonreír como si todo fuera maravilloso. Me miré frente al espejo mientras me lavaba las manos, tanteé mi rostro, mis ojos y las arrugas que los envolvían, me toqué el pelo con las manos húmedas, sin duda necesitaba un buen corte, pensé que los años podrían haberme tratado mucho peor. Me fijé en una mancha de vino que tenía en la pulcra camisa blanca, logré apañármelas para disimularla un poco con la corbata, pero aquello no fue una solución, no me importó. Practiqué la falsa sonrisa y salí del baño armado de valor.

Me encaminaba hacia las escaleras que conducían a la segunda planta, ansioso por llegar a la barra a pedir otra copa justo cuando escucho una voz tras de mi: -¿Jesse Custer?. Me giro y observo a un joven sonriente tendiéndome la mano. -Si. Le contesto mientras le ofrezco la mía. -Buenas señor, soy Jack Pickman. Dice mientras me entretengo en recolocar la corbata para disimular la mancha de vino. -No sé si me recuerda Sr. Custer, le envié algunos de mis poemas junto algunos reportajes en revistas, ¿recuerda?. Dije que no con la cabeza mientras seguía atareado con la corbata, no tenía tiempo para prestarle demasiada atención al joven, necesitaba una copa. Pero el tal Pickman era muy insistente: -Bueno, Sr. Custer, aprovechando la ocasión de tenerlo delante quisiera saber su opinión sobre mi poesía, no sé si sabrá que auto edité mis dos libros y muchas editoriales están fijándose en mi. Lo miré incredulo pensando por qué no me dejaba tranquilo. -¿Y bien, Sr. Custer?. Preguntó de nuevo. Justo en ese momento por detrás del joven pasó la mujer mas espectacular que había visto en mucho tiempo. La seguí con la mirada y me encaminé tras ella dejando allí plantado al tal Pickman, el cual gritó algo mientras me marchaba pero no supe qué ni me importó.

La desconocida se movía con delicadeza exquisita, moviéndose de un grupo de personas a otro, sus movimientos eran deliciosamente suaves, sensuales. Llevaba un vestido negro y largo, su melena, también negra, le caía por la espalda recorriéndola con tacto de seda.
La seguí por la sala a varios metros de distancia para no asustarla, aunque en realidad ardía en deseos de agarrarle la cintura y sentir su cuerpo entre mis manos.
La noche cobró otro significado, había dejado de importarme estar en aquella fiesta, la desconocida acaparaba toda mi atención.
Se movía de aquí para allá, no se estaba quieta ni un segundo, sujetaba una copa en la mano que de vez en cuando se llevaba a los labios, pintados de rojo, para dar pequeños tragos. Se percató de que la seguía a todos lados pero pareció no molestarle, es más, hubiera jurado que se estaba divirtiendo, de vez en cuando me echaba una mirada y sonreía, yo le devolvía la sonrisa sin quitarle ojo. De pronto anduvo directa hacía mi hasta quedar cara a cara, me tendió su copa con una sonrisa: -Para ti, querido. Fue todo lo que dijo. Me quedé mirando la copa, le eché un largo trago, fantaseé con que aquel sabor amargo también había recorrido su garganta y perduraba en su boca. Cuando alcé la vista de la copa no logré encontrarla de nuevo, me puse nervioso, miré a todos lados pero no di con ella, me moví por toda la sala cada vez mas desesperado, subí a la segunda planta pero tampoco la encontré, comencé a agobiarme y la insoportable música de la fiesta comenzó a taladrarme la cabeza. Sentí como si hubiera salido de algún tipo de hechizo, de algún encanto celestial. ¡Incluso pensé que aquella mujer solo formaba parte de mi imaginación!. Pensaba en esto cuando una mano se posó en mi hombro, era un grupo de jóvenes con varias copas de más, se proclamaron aficionados a mi literatura, comentaron algo de las cosas que escribía e hicieron algún comentario sobre las mujeres que había escrito. Me pidieron hacerme una foto con ellos, me aparté la corbata para dejar al descubierto la mancha de vino y posé con ellos, luego uno de los jóvenes señaló la mancha y comentó algo gracioso que no entendí muy bien. Estaba desesperado, necesitaba a mi desconocida, urgente.

La di por perdida. Salí al jardín a tomar un poco el aire. Era grande, iluminado por varios focos, había una piscina enorme y muchas mesas ocupadas por varios grupos de gente que hablaban sin cesar, alardeándo del dinero que tenían. Incluso fuera del chalet era imposible deshacerse del desagradable murmullo del parloteo de la gente. De todas formas mi nueva copa obtenida gracias a la desconocida, hacía aquello más soportable, aunque no sé de qué manera. De pronto dos jóvenes comenzaron a correr uno tras de otro por todo el jardín armando un gran escándalo, uno agarró al otro y lo empujó a la piscina, pero ambos cayeron dentro salpicando algunas mesas, a unos les hizo gracia y rieron y aplaudieron, otros miraron sin decir nada, yo continué bebiendo. Malditos criajos.

Me senté en una mesa vacía apartada de los focos y alejada de la gente, no quería contacto con nadie, no quería conversaciones triviales ni sonrisas hipócritas. Tanteé mis bolsillos hasta dar con una cajetilla de tabaco, saqué un cigarrillo y cuando buscaba una cerilla una mano me tendió fuego. Encendí el cigarillo, aspiré una buena calada, alcé la vista y la vi, mi querida desconocida, de pie delante de mi observandome con detenimiento. Le ofrecí un cigarrillo, lo aceptó y se sentó a mi lado. Fumamos tranquilamente. -Pensé que insistirías un poco mas en buscarme. Dijo mirando a los jóvenes que salían empapados de la piscina, riendo y abrazándose amistosamente. -Pensé que mi imaginación me jugó una mala pasada, y que no eras real. Fue lo único que supe decir. Me miró sonriendo, se lo estaba pasando bien con aquello: -¿Aún lo sigues pensando, querido?. Di una calada al cigarrillo: -Ahora mismo no estoy seguro de nada, nena, excepto que eres lo más espectacular que he visto en mucho tiempo. Movió lentamente la cabeza, quizás pensando en que estaba exagerando demasiado, quizás decepcionada después de hablar conmigo. Pero me gustaba de veras, era la mujer mas sofisticada que había visto en mucho tiempo, su forma de sostener el cigarro y llevárselo a los labios, el modo de caminar, de moverse, cada gesto la hacía especial, era única; Una mujer en peligro de extinción: -Te gustaría follarme, ¿verdad?. Ahora era yo quien se divertía con la conversación, aunque no entendí muy bien por qué dijo eso: -¿Lees el pensamiento, nena?. Le dije divertido. -Me pones, Custer, me pone tu forma de escribir, tus historias, tus relatos y poesías, me pone tu explicitud tu lenguaje soez, la perfecta imperfeción de tu estilo único.
Una vez dijo aquello se lenvató, tiró el cigarrillo y lo chafó con el pie, me agarró del brazo levantándome de la silla y tiró de mi. Me dejé llevar, no tenía mas opción, o no quería tenerla. Cruzamos todo el jardín así, ella completamente decidida y sujetándome del brazo, y yo dejándome llevar. Era divertido. Algunos nos miraban y hacían algún comentario, otros no se dieron cuenta o no querían prestarnos atención. Entramos al chalet, pasamos entre medio de mucha gente, yo me tropezaba sin querer con todos, pintores, músicos, poetas, diseñadores, todos chocaban conmigo y yo con ellos.

Llegamos a los servicios, ella entró primero y luego tiró de mi, cerró por dentro y se lanzó hacia mi, me besó metiéndome la lengua hasta la garganta y mordiéndome los labios, aquella mujer, mi desconocida, era la lujuria en estado puro.

Me dejé llevar, y ella me guió hasta el agujero mas profundo de su ser, hasta encontrarme completamente dentro, recuerdo como olía, el aspecto que tenía, la sensación que me producía, como jodía mientras penetraba más y más profundamente en la insondable caverna. Mi desconocida se encuentra empapada, asfixiada, retorciéndose, se escuchan los jadeos, los gemidos, los suspiros de placer, la observo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de insaciable placer, de deseo, de más, más y más. Oigo como las paredes se derrumban, oigo como nos llaman desde fuera, oigo golpes, pero estamos clavados el uno al otro y solo queremos devorarnos. Pierdo el recuerdo de las palabras, pierdo el recuerdo de mi propia existencia, pierdo el recuerdo de la vida. ¿Cómo habíamos llegado a aquel punto, más allá del alcance de la conciencia?. La oí gritar mi nombre, la oí maldecir y chillar de rabia, lo oí todo amplificado un millón de veces, oí como se corría y todo terminaba.

Decidió escapar por la ventana abierta que daba al exterior, dijo que no era buena idea volver a la fiesta después de lo ocurrido, que prefería evitar las miradas. Recogió su ropa y yo hice lo propio con la mía, salimos desnudos por la ventana, empezamos a correr, yo detrás de ella, uno de mis zapatos que llevaba enrollados entre la ropa cayó al suelo, me detuve a recogerlo y pierdo su pista, la vi a lo lejos desaparecer, quise gritar su nombre pero ni siquiera lo sabía. -¡Espera!. -¡Espera!. Demasiado tarde, desapareció, desapareció para siempre y el peso del mundo golpea mi espalda, jamás me perdonaría haberla dejado escapar, el resto de mi vida sería su espera eterna. Al menos me había dejado algo sobre lo que escribir. Y eso hice.

jueves, 21 de octubre de 2010

Perra Cobarde.

Había quedado con ella en el Kikenny's. Dijo que servían buen vino y no le faltaba razón. Había llegado media hora antes, la ciudad era una completa desconocida y tenía la necesidad de resguardarme en algún bar.
El Kikenny's era como me lo había descrito, un lugar mas estrecho que ancho con una larga barra que recorría prácticamente todo el local, iluminado por una cálida luz anaranjada, al final del local se levantaba un pequeño escenario donde había un grupo haciendo versiones de Dave Brubeck, estaban tocando Take Five mientras pedía mi segunda copa de vino. Me tomé mi tiempo saboreándolo, sintiendo como recorría mi garganta a cada trago.

La puerta del Kikenny's se abrió de golpe, rompiendo la calidez y la intimidad del local, se me aceleró el ritmo cardíaco pensando que podría ser ella, pero solo era otro pobre idiota buscando cobijo y escondiéndose de la gran ciudad. Mi pulso volvió a su normalidad y continué disfrutando del buen jazz y el buen vino.

Recuerdo la noche que la conocí, fue en uno de mis recitales de poesía. Normalmente, me contrataba cualquier bar, para que fuera a soltar mis perversiones literarias a personas a las que realmente, no les importaba lo más mínimo que yo estuviera allí. Aquel recital duró apenas cuarenta minutos y al terminarlo nadie aplaudió, me despedí de mi público dándoles las gracias pero nadie me escuchó. Fui a la barra buscando desesperadamente algo de beber, con mi Vodka-7 entre las manos podría soportar mejor la noche. De pronto una muchacha se sentó a mi lado, era joven, atractiva, guapa, con una larga melena negra, su mirada invocaba sexo, no sé qué fue exactamente pero algo en ella me excitó, desprendía morbo, un morbo que me desbocaba: -He disfrutado mucho con el recital, has conseguido ponerme cachonda. Dijo sin apartar la mirada de la mía. Imaginé que lo estaba diciendo debido al fracaso del recital y a lo desapercibido que pasé, le di las gracias por intentar animarme, aunque en realidad su comentario me la estaba poniendo dura. Me llevé un largo trago de Vodka-7 y ella observaba cada uno de mis movimientos, la invité a una copa: -Fóllame con tus palabras. Fue lo que me dijo. Le prometí escribir algo sobre ella, algo donde me la follara con las palabras, pero no era eso lo que quería, si no, que le detallase en aquel momento como me la follaría. La miré divertido y me llevé de nuevo el Vodka-7 a los labios. Le reconocí que me estaba sorprendiendo con aquella conversación: -Cochino cabrón. Fue lo único que supo decir: -Cochino cabrón que me has dejado empapada con tu recital de perversiones, putas y borrachos, y ahora no quieres contarme como me follarías. Me eché de nuevo un trago de Vodka-7, mientras me colocaba el paquete en otra posición ya que la erección me molestaba entre los pantalones.
De pronto se levantó de mi lado, me pidió mi número de teléfono pero ella no quiso darme el suyo, me pareció justo después de la interesante charla que me había ofrecido en una noche como aquella, donde la decadencia y la tristeza se apoderaba por momentos de mi. Me dijo que me llamaría pronto.

Pasé días, semanas y meses esperando su llamada. Siempre que sonaba el teléfono lo cogía ansioso esperando volver a escuchar su voz, pero nunca llamó.
Me masturbaba pensando en ella para soportar la espera de su llamada, me masturbaba recordando su mirada bañada por el sexo, recordando su sugerente cuerpo deseando ser follado con mis palabras, recordando su salvaje y larga melena. Estaba ansioso por volver a verla, quería que me pusiera dura con su conversación. Hasta que eso ocurría subsistía practicando el onanismo.

Sonó el teléfono: -¿Si?. Pregunté con normalidad: -Cochino cabrón. Era ella, se me puso dura al oír su voz: -Perra, has tardado mucho en llamarme, cobarde, ¿tenías miedo?. Perra Cobarde. Hablamos de todo y de nada. Me dio una dirección, un lugar, una hora y un día.

Así que ahí me encontraba, en el lugar indicado, a la hora y el día acordado, disfrutando del vino y el jazz del Kikenny's. Estaba recordando el tiempo que había esperado su llamada y las veces que me había masturbado pensando en ella, cuando de pronto la puerta del local volvió a abrirse, esta vez me pilló completamente desprevenido, la banda del Kikenny's comenzó a tocar Harlem Nocturne justo cuando ella entró al local, se quedó parada unos segundos mientras sus negros ojos se acostumbraban a la iluminación del bar.

Anduvo directa hacia donde me encontraba, hasta quedarse delante de mi. No dijo nada. Me dediqué a observarla un momento, sus ojos negros y felinos, su salvaje y larga melena, y su cuerpo, ese cuerpo que tanto morbo desprendió cuando la conocí y tanto deseaba ahora. Me acerqué lentamente hacia su oído: -Perra cobarde. Le susurré. No se lo pensó y me agarró la polla con una mano, aquel gesto no me lo esperaba pero reaccioné rápido agarrándola del culo y mordiéndole el cuello, apartó la mano de mi paquete y aprovechó para restregarme el coño por la polla, que en esos momentos ya la tenia dura, noté el calor que su coño desprendía entre mis piernas, la apreté contra mi con mas fuerza: -¿Y ahora qué?. Me dijo con voz suave. -¿Ahora?, dije yo: -Ahora comenzaremos el primer capítulo de lo que será un largo libro, ni siquiera hemos acabado con el prólogo. Sonrió. Se encendió un cigarrillo, jugó con su mechón de pelo. Me miró: -Soy mas zorra que cobarde, aún tengo mucho que demostrarte, porque como bien dices esto no es ni siquiera el principio.

Perra.

Pasé horas buscándola por las calles. Se suponía que tenía que estar en el piso esperándome. Escruté la oscuridad sin éxito, cruzándome entre borrachos y putas. Anduve como un loco desesperado intentando dar con ella, mientras mi frustración crecía. Que se hubiera olvidado de mi no era una opción, ni tampoco que le hubiera ocurrido algo, ella sabía cuidarse muy bien.

Entraba y salía de un bar a otro esperando encontrarla sentada en la barra, engañando a algún pobre imbécil para que la invitase a una copa. Recorrí varios tugurios que solía visitar, pero solo encontraba viejos y sucios alcohólicos que me observaban con hostilidad.
Entré en lo que era el último bar que solía concurrir, me encontraba sudando, tenia que estar ahí, no quedaban mas lugares tenía que estar ahí escondida. Abrí la puerta con fuerza pero volví a encontrar el paisaje de siempre: borrachos y putas. Una de ellas se me acercó, y dándome una palmada en el trasero me preguntó: -¿Quieres pasar un buen rato, guapo?. Su aliento olía a alcantarilla, pensé que me desmayaría pero aguanté el golpe. Salí de aquel antro y encaminé mis pasos hacia el piso, maldiciéndola por haberme dejado abandonado, escupiendo su nombre por haberse olvidado de mi. Maldita perra.

Llegué al piso, cabreado pero tranquilo. Escuché un murmullo, alguien estaba dentro. Me dirigí hacia la cocina y sin atreverme a entrar me quedé apoyado en el marco de la puerta, la vi tarareando una canción.
En la mesa había una botella de vino abierta, tenía una copa en la mano y en la otra un cigarrillo, estaba dando vueltas, bailando tranquilamente con su tarareo, danzando con el aire como si nada importase. No se dio cuenta de mi presencia hasta que me molesté en abrir la boca: -¿Dónde has estado?. Dije de pronto. Cesó su baile. Me miró. Sonrió. No dijo nada así que volví a abrir la boca: -He pasado horas buscándote, ¿dónde coño estabas?. Pregunté indignado. No respondió, seguía mirándome, jugaba con un mechón de su pelo. Me estaba poniendo nervioso -¿Dónde cojones has estado?. Volvió a sonreír sin soltar palabra, se llevó a la boca el mechón de pelo y lo mordió. La muy perra. Ya me estaba poniendo cachondo. Señaló una gran tarta que se encontraba encima de la mesa, cogió una cuchara la metió en la tarta y luego se la llevo a la boca sin quitarme ojo. No sabía muy bien qué coño le ocurría así que volví a preguntarle: -Dime, ¿dónde has estado?, lo he pasado mal buscándote. Se acercó a mi y me arrastró hacia la tarta,volvió a hundir la cuchara y con ella me ensució la boca de nata. Pensé limpiarme con el puño de la manga, justo cuando se lanzó a mis labios para limpiármelos con los suyos. Señaló de nuevo la tarta: -Es para ti. Dijo sonriendo. Metí un dedo y ella se encargo de lamerlo para limpiarlo. Me la estaba poniendo dura, la muy perra. Hundí de nuevo un dedo en la tarta y una vez mas se lo llevó a la boca. Quise besarla, me acerqué a ella pero puso un dedo en mis labios y dijo: -Así no. La muy perra.

De pronto me excité como un animal, por puro instinto, tuve un arrebato y hundí ambas manos en la tarta, deshaciéndola, destrozándola por completo, devorándola con las manos como un obseso, como un loco, no me quitaba ojo, parecía aquel gesto lo que estaba esperando.
Le planté las manos llenas de tarta delante de la cara y empezó a comer de ellas, lamiendo suavemente los dedos, se tomó su tiempo y cada lametón me ponía la polla mas dura, imaginé que estaría ansiosa de que la follase, la agarré del culo, pero me apartó las manos diciendo: -Así no.

Se desabrochó la camisa, no llevaba sujetador y pude ver como insinuaba la imagen de sus perfectos senos. Yo me quité la mía, se me ocurrió ensuciarme el torso de tarta y eso hice, ella sonrió, se acercó y comenzó a limpiarme el cuerpo con la lengua. Luego se arrodilló y desabrochó mis pantalones, el ansia se apoderó de mi y no pude esperar mas para bajarlos del todo, con su boca ella hizo lo propio con mi ropa interior, dejando mi polla al descubierto delante de su cara, la miró pero no hizo nada, estaba muy dura pero simplemente la observaba.
Cogí un poco de nata y me la puse en la punta de la polla, se acercó a mi miembro y lamió la punta dejándola de nuevo limpia. Sentí que iba a explotar. Cogí de nuevo un poco de nata y me pingué los huevos con ella, acto seguido se lanzó y comenzó a comérmelos, me sentía morir de placer.

La levanté de pronto, le arranqué la camisa dejando al descubierto sus estupendas tetas, eran fantásticas. Le estampé un puñado de tarta en los pechos, que comencé a lamerlos como un animal, como un poseso, como un psicótico, como si el mundo fuera a acabarse en cuestión de segundos, como si mi vida dependiese de ello. Devoré sus pechos, los devoré como nunca, los devoré la con boca, los devoré con las manos, era increíble, no podía parar. De pronto me apartó de golpe, la muy perra se estaba haciendo desear, y lo estaba consiguiendo. Agarré un buen puñado de tarta, la cual se encontraba completamente despedazada, y se lo esparcí por el estómago. Me arrodillé ante ella y le lamí todo el vientre, su delicado vientre con sus suaves y violentas curvas, donde más de uno perdió la cabeza y murió de deseo. Desabroché su pantalón y pude comprobar que no llevaba ropa interior, de modo que pude disfrutar de su vello púbico. Me levantó, me miraba fijamente mientras se mordía el labio interior, cogió un trozo de la tarta despedazada y lo restregó por mi polla, se la metió toda en la boca y comenzó a trabajar duro, mi polla entraba y salía de su boca con locura, con vicio, con enfermedad. No podía mas, la agarré de las muñecas y la tiré al suelo. Se resistía: -Así no. Decía una y otra vez. Pero no importaba, iba a ser mía en aquel momento, le agarré los brazos con una mano y con la otra le quité los pantalones, ponía resistencia y repetía ansiosa: -¡Así no, así no, así no!. Ahora era mi juego y no el suyo, se lo dejé bien claro: -Cállate zorra. Se quedó callada, mirándome, observando mis gestos, muy seria, luego sonrió, otra vez esa sonrisa que me volvía loco.

La dejé desnuda y la poca tarta que quedaba se la dejé caer entre las piernas, agarré sus fuertes muslos y hundí la cabeza en su coño mojado, comenzó a gemir, me pedía más y más, era insaciable, nunca tenía suficiente. Hundí la lengua en su estrecha y tierna cavidad, se estaba caliente dentro y muy húmedo. Comenzó a gritar como una loca, se volvió histérica de placer mientras le lamía y jugaba con su clítoris. Le tapé la boca con una mano y durante unos segundos solo se escucharon sus gritos ahogados, pero pronto intentó deshacerse de la mano, agarrándola, arañándola y mordiéndola, no me quedó mas remedio que apartarla lejos de su alcance.

Se recompuso, me tiró al suelo y se sentó encima de mi cara mientras me agarraba el pene con ambas manos, me aplastó el coño en la cara así que comencé a lamer, despacio, suavemente, para que sintiera cada movimiento con precisión, estaba cada vez mas mojada, cada vez mas empapada, cuanto mas se excitaba mas fuerte le daba a mi polla.

Nos encontrábamos frente a frente, mirando nuestros cuerpos desnudos y respirando con dificultad. Continuábamos muy excitados. Se mordió el labio: -Fóllame. Dijo suavemente: -Ahora. Añadió después. La agarré, le di la vuelta y la puse con el culo en pompa y las manos apoyadas en la mesa de la cocina. Metí una mano entre sus piernas, estaba empapada, le metí un par de dedos primero, luego me agarré la polla y la hundí entre sus piernas, se la metí muy despacio, lentamente, disfrutaba sintiendo su calor y su humedad, disfrutaba sintiendo como me abría paso dentro de ella con suavidad, la estaba invadiendo, sintiéndolo todo, el mundo en ese momento se podía ir a la mierda, nada importaba mas que aquello, no había nada en la vida mas que aquel momento. Mi pene entraba y salía con facilidad y suavidad, una vez tras otra, jugué un poco, metiéndola hasta la mitad un rato y luego hasta el fondo, mientras le agarraba los pechos sintiendo como se movían con cada una de las embestidas, no dejaba de chillar, pero no me apetecía que volviera a morderme la mano, así que la dejé desahogarse y que gritase lo que quisiera.

Saqué la polla bañada de los mares de su coño, me pidió que me tumbara en el suelo y se sentó encima de mi pene, comenzó a trotarme como una yegua desbocada, mi polla era indomable y ella se encargaba de saciarla, era increíble ver como se movía, mientras pedía mas y mas, realmente era insaciable, una loba, una amazona, una tigresa, era algo fantástico. Sintió que estaba a punto de correrme, así que comenzó a masturbarme con la polla dentro de la boca, siguió así unos momentos hasta que finalmente me corrí. Grité como un animal, y ella me observaba disfrutando, escupió todo el semen y me metió la lengua en la boca, la hubiese devorado si hubiera podido hacerlo.

Acabamos exhaustos, empapados en sudor, completamente mojados y respirando con dificultad. Dejó de importarme dónde había estado, dejó de importarme el hecho de haberla buscado durante horas por las calles. Nada importaba más que aquella sensación, aquel placer.
Se acercó a su bolso y sacó un cigarrillo, me ofreció uno, lo cogí, lo encendí y ambos fumamos tranquilamente recobrando el aliento. Disfrutaba mirando su cuerpo desnudo, como se llevaba a los labios el cigarrillo y echaba el humo, aquellos labios que momentos antes habían sido míos.

Me miró directamente a los ojos: -¿Aún sigues pensando que soy una cobarde?. Se dibujó una sonrisa en sus labios, mientras jugaba con el mechón de su pelo.