miércoles, 15 de diciembre de 2010

Reino sin proclamar.


Ella camina varios pasos delante de mi, yo la sigo como un perro faldero manteniendo la distancia impuesta. Camina con la cabeza bien alta, sintiéndose orgullosa de quien es y de lo que es, yo en cambio miro al suelo y observo mis pasos; cómo un pie precede al otro al ritmo que marco. Nunca pensé que perdería la cabeza de aquel modo por una mujer así, no me atreví a decirle todo lo que sentía por ella, y ella nunca se atrevió a decirme qué pensaba de mi. El mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, podían despedirme de mil trabajos, que ella siempre permanecería a mi lado, podía saltarme mil semáforos en rojo, podía tumbarme media hora en las vías del tren, dejarme caer de un balcón, enfurecer a los perros, chillar a los jóvenes, decir lo que pensaba sin ningún reparo, abandonar a mi mujer y a mis hijos, dejar la ciudad sin nada en los bolsillos, perder todo mi dinero, encontrarme en la miseria, porque mientras ella estuviera conmigo nunca me pasaría nada malo.
Sus tacones aceleran el paso mientras pienso todo esto, su caminar es delicado y a la vez descarado, arrogante, podía parar el mundo de un manotazo si quisiera y nadie se daría cuenta de lo ocurrido, podía enamorar a todos los hombres y mujeres y sin excepción caerían a sus pies. Era una diosa, una reina sin proclamar su reino. De pronto echa un vistazo hacia atrás y me observa un breve instante con mirada desafiante, luego vuelve a mirar al frente mientras saca un pintalabios y un espejito.
Yo no era nada para ella, apenas un simple escritor que a durísimas penas podía pagar el alquiler y comer cada día, se merecía alguien a su altura, alguien que pudiera ofrecerle lo que deseara, alguien que pudiera regalarle una vida a la altura de una diosa, de una reina. Sabía que aquel tipo nunca sería yo. Eso me entristecía, era algo que pensaba mientras continuaba observando mis propios pasos.
Hace tan solo unos minutos que voy así tras ella, cuando a varias calles se dirige de frente hacia nosotros un tipo alto, diría que casi de dos metros, va vestido con un traje, camisa blanca impecable y corbata con un nudo perfecto, cuanto más se acerca mejor aprecio sus facciones, va pulcramente afeitado y el pelo como recién cortado, de un negro imponente, sus zapatos también negros brillan con el reflejo del sol a cada paso que da, lo que se dice un tipo con clase. Apenas está a unos metros de nosotros, sus aproximación es inminente, de pronto ella se lanza fervorosamente a los brazos de él, y éste la recibe con un entusiasta abrazo, sonriente con su dentadura perfecta. Yo continúo andando, arrastrando mis pasos y dejando atrás a aquel par de desconocidos. Ella nunca podría ser mi reina, ni mi diosa, era algo que tenía que aceptar.
Entro a un bar y pido una cerveza a la camarera, es guapa, muy guapa incluso, de ardiente mirada, desprende fuerza y carácter, la imagino como una sirena, como una reina de un mar sin proclamar, el mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, sabía que con ella nunca me ocurriría nada malo...

7 comentarios:

tOrMeNtA dijo...

las relaciones humanas son extrañas. he estado leyendo varias cosas del blog...y me gusta.

elena dijo...

La ilusión es necesaria, y este hombre no tiene problema, desaparece una y se agarra a la siguiente... un hombre de recursos. A veces, yo también hago lo mismo ;-)
¡Me ha gustado!

Balkin dijo...

buen relato si señor.

Anita Solohayuna dijo...

Muy bueno, me gusto mucho Sr.Custer

Raúl dijo...

Un rey sin trono ni reino, que diría la canción.

nachovega dijo...

pequeñas [grandes] obsesiones.

me gusta el relato :)

XikaBuk dijo...

Lo bueno siempre es para los demás...menos en este caso...tuyas son esas palabras con las que compones. Un abrazo Jesse.