miércoles, 15 de diciembre de 2010

Reino sin proclamar.


Ella camina varios pasos delante de mi, yo la sigo como un perro faldero manteniendo la distancia impuesta. Camina con la cabeza bien alta, sintiéndose orgullosa de quien es y de lo que es, yo en cambio miro al suelo y observo mis pasos; cómo un pie precede al otro al ritmo que marco. Nunca pensé que perdería la cabeza de aquel modo por una mujer así, no me atreví a decirle todo lo que sentía por ella, y ella nunca se atrevió a decirme qué pensaba de mi. El mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, podían despedirme de mil trabajos, que ella siempre permanecería a mi lado, podía saltarme mil semáforos en rojo, podía tumbarme media hora en las vías del tren, dejarme caer de un balcón, enfurecer a los perros, chillar a los jóvenes, decir lo que pensaba sin ningún reparo, abandonar a mi mujer y a mis hijos, dejar la ciudad sin nada en los bolsillos, perder todo mi dinero, encontrarme en la miseria, porque mientras ella estuviera conmigo nunca me pasaría nada malo.
Sus tacones aceleran el paso mientras pienso todo esto, su caminar es delicado y a la vez descarado, arrogante, podía parar el mundo de un manotazo si quisiera y nadie se daría cuenta de lo ocurrido, podía enamorar a todos los hombres y mujeres y sin excepción caerían a sus pies. Era una diosa, una reina sin proclamar su reino. De pronto echa un vistazo hacia atrás y me observa un breve instante con mirada desafiante, luego vuelve a mirar al frente mientras saca un pintalabios y un espejito.
Yo no era nada para ella, apenas un simple escritor que a durísimas penas podía pagar el alquiler y comer cada día, se merecía alguien a su altura, alguien que pudiera ofrecerle lo que deseara, alguien que pudiera regalarle una vida a la altura de una diosa, de una reina. Sabía que aquel tipo nunca sería yo. Eso me entristecía, era algo que pensaba mientras continuaba observando mis propios pasos.
Hace tan solo unos minutos que voy así tras ella, cuando a varias calles se dirige de frente hacia nosotros un tipo alto, diría que casi de dos metros, va vestido con un traje, camisa blanca impecable y corbata con un nudo perfecto, cuanto más se acerca mejor aprecio sus facciones, va pulcramente afeitado y el pelo como recién cortado, de un negro imponente, sus zapatos también negros brillan con el reflejo del sol a cada paso que da, lo que se dice un tipo con clase. Apenas está a unos metros de nosotros, sus aproximación es inminente, de pronto ella se lanza fervorosamente a los brazos de él, y éste la recibe con un entusiasta abrazo, sonriente con su dentadura perfecta. Yo continúo andando, arrastrando mis pasos y dejando atrás a aquel par de desconocidos. Ella nunca podría ser mi reina, ni mi diosa, era algo que tenía que aceptar.
Entro a un bar y pido una cerveza a la camarera, es guapa, muy guapa incluso, de ardiente mirada, desprende fuerza y carácter, la imagino como una sirena, como una reina de un mar sin proclamar, el mundo con su existencia era un lugar menos triste, menos horrible, sabía que con ella nunca me ocurriría nada malo...

jueves, 9 de diciembre de 2010

Toilets.


Los servicios del bar estaban encharcados de orina, me entretenía intentando apuntar dentro de la taza, era algo que me divertía cuando agarraba una curda. Mientras me sostenía la picha y me tambaleaba un poco perdí el equilibrio y caí al suelo, mi muslo izquierdo quedó empapado de orina, me levanté apoyándome en la taza y me palpé el muslo para comprobar la gravedad del asunto; luego me olisqueé la mano, no sé muy bien por qué hice aquello, me entraron arcadas y un chorro de vómito atravesó mi garganta cayendo a la taza del váter y al suelo.
Me miré al espejo, me froté el muslo mojado con un poco de papel, no sirvió de mucho, me lavé las manos y me mojé la cara, la vomitona había salpicado en el pecho de la camisa, lo limpié lo mejor que pude. De pronto entró ella a los servicios: -Tardas mucho, pensé que te ocurría algo. -Dijo preocupada. -Nada nena, nada, todo va bien. -Dije espolsándome la ropa. Observó detenidamente mi aspecto desaliñado, mi barba de tres días sin afeitar, mi pelo alborotado en el que alguna cana asomaba impertinentemente, mi camisa una talla mayor, los pantalones sucios y con la bragueta bajada; no me di cuenta que la había dejado abierta y con la polla fuera. Mi pene se percató de su presencia, así que se puso tieso y la miró desafiante. Ella le devolvió la mirada, se acercó y la golpeo con la palma de la mano, lo dejó tambaleando unos instantes hasta que recobró la compostura, de pronto la volvió la golpear, esta vez con mas fuerza, dejándomela palpitante y las venas hinchadas. Ella, impresionada ante la reacción y la fuerza del miembro se pasó la lengua por la palma de la mano, se escupió y la agarró con fuerza, como si pretendiera ahogarla, comenzó a frotar, poco a poco, sabía bien lo que hacía, cada vez con mas furia. De vez en cuando dejaba caer un chorrito de saliva entre sus labios para continuar frotando.Yo observaba tranquilamente la escena, sin tener muy claro qué hacer o decir, pues no me atrevía a entrometerme entre ellas, entre el esplendor de la batalla.
Al cabo de un rato se cansó de frotar, dejándome el pene inflamado, me mojé las manos en el lavabo y me lo salpiqué con agua fría para calmarlo un poco, pues me lo había dejado hirviendo. Ella se subió la falda para enseñarme las bragas, eran amarillas y una mancha de humedad brotaba de su entre pierna. Mi pene se sintió orgulloso, y yo de él. Me acerqué y le restregué la polla por las bragas empapadas, era divertido.
Salimos a la calle, la noche inundaba la ciudad, nos comportamos como quinceañeros metiéndonos mano entre los portales, la humedad de sus labios me embriagaba, me tenía atrapado y podía hacer conmigo lo que quisiera. La muy golfa. Me contó que su marido no la trataba así, que la quería tanto que la tocaba con miedo, la consideraba algo tan delicado que incluso se la metía con cuidado para no partirla en dos, que jamás la cogía con fuerza ni la tiraba con furia sobre la cama, me contó que ella se limitaba simplemente a dejarse hacer porque no quería dañar sus sentimientos, pero que los años pasaban y tenía una sed que calmar. Le dije que no se preocupase, que ahí estaba yo para eso, que siempre soñé con ser "el otro". Me miró sonriendo, me arrastró a un portal abierto agarrándome el paquete con fuerza.
La acompañé hasta su casa, me dijo que su marido la estaría esperando, le pregunté si la volvería a ver. No dijo nada, simplemente me metió la lengua en la boca y desapareció en la oscuridad del portal de su casa. La muy golfa.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Solitarios.


Lo habíamos dejado hace mucho tiempo, no recuerdo los años si quiera. La verdad no sé para qué coño habíamos decidido quedar ahora después de tanto tiempo. La tensión sexual era obvia. Estábamos hablando de no sé qué cojones en una cafetería. No entiendo cómo logró liarme para verme, la verdad es que ni siquiera estoy seguro de que me llamara ella o si fui yo quien la llamó. Qué mas da. Ella estaba igual que siempre, o al menos así me lo pareció, en todo caso algún kilito de más pero nada preocupante ni nada que destacase especialmente.
Yo a lo largo de mi vida siempre evitaba mirarme lo menos posible ante un espejo, lo evitaba por encima de todo, incluso entraba de espaldas en los ascensores para no toparme de frente con uno, de todas formas a veces inevitablemente no me quedaba mas remedio que observar mi reflejo en uno y la imagen que veía no era, sino la de un completo desconocido, siempre que esto ocurría me sorprendía a mi mismo con una nueva cana o una nueva arruga. Me preguntaba por curiosidad qué es lo que ella vería en mí después de todo este tiempo. No sé quien lo dejó con quien o si fue cosa de los dos, pero tampoco quiero hacer memoria. Eso ya no importaba. Qué mas da.
Decidimos abandonar la cafetería e irnos a su antiguo piso, hablamos del tiempo como cuando hablas de cualquier cosa por no quedarte callado, aunque yo realmente prefería el silencio a este tipo de conversaciones absurdas. Pero si hay que hablar de gilipolleces, se habla de gilipolleces que no pasa nada. Al fin llegó el momento en que ninguno de los dos tenía nada que decir. Por desgracia tuve la compasión de percatarme en que ella estaba incómoda con aquel silencio, así que decidí sacar un tema y como si tal cosa le pregunté por su nuevo novio, no sé por qué dije aquello cuando en realidad me importaba una mierda, lo peor era que cuanto más me contaba lo feliz que era con él, más me sentía envejecer por momentos, la observaba mientras hablaba de él, se entretenía en rascarse la nariz, acariciarse el pelo, la mirada siempre perdida observando el vacío, se entretenía también en jugar con la cajetilla de tabaco, todos aquellos gestos no hacían más que desmentir sus palabras, pude ver perfectamente que nada era tan genial como estaba diciendo, pues ni siquiera ella misma era capaz de creerse sus propias palabras. Menuda golfa mentirosa. De pronto me lance a su boca como si tal cosa, y no se apartó.
Total, que así me encontraba ahora, tirado en el sofá encima de ella con los pantalones tirados por el suelo y mi miembro erecto entre sus piernas, seguía comportándose igual que años atrás cuando follábamos, la cabeza se le inclinaba un poco hacia atrás con los ojos entornados y su cara ligeramente sonrojada por la vergüenza de su propio placer, aunque no era la misma, algo no iba bien, la sentía vacía, como si nada le importase y no supiera muy bien qué estaba haciendo en aquel momento. La verdad es que no sé por qué hice aquello y aún me preguntó como ella me permitió hacerlo. El caso es que acabé pronto, no quise entretenerme, salí de su cavidad dejando su cuerpo de nuevo vacío, vacío como me había demostrado que se encontraba. Decepcionante. Ya no era la persona llena de vitalidad, segura de sí misma y ese carácter con el que se comía el mundo entero, solo veía en ella un trozo de carne inerte, moviéndose de allá para acá sin tener muy claro por qué, ni qué hacer ni qué decir, insegura incluso de su propia respiración, de su propia existencia y del mundo que la rodeaba, como si su propia vida fuera un sueño de esos que solo tienes un recuerdo impreciso y piensas si ha pasado de verdad o no. Así era su vida, así me la había demostrado, y follarla de aquel patético y triste modo no ayudó en nada, pues ni siquiera seguía manteniendo el fuego que la caracterizaba, su piel ya no hervía con nada, ni siquiera con el sexo ni con el contacto de un pene. Tuve la necesidad de huir de allí, necesitaba escapar, cada segundo que pasaba a su lado era un suplicio, no podía hacer nada por ayudarla por el rencor que aún le guardaba, por todo el daño que me había hecho pues ni siquiera tenía la ligera idea de todo lo que había sufrido su ausencia. Tenía que salir, verla fue un error, otro más. Busqué rápidamente los pantalones, con las prisas me los puse al revés, ella me miraba sin decir nada mientras me volvía a bajar los pantalones para ponérmelos bien. Me odié por todo lo que sentía en aquel momento, me odié por la imagen que ella me había dado de si misma, pero no podía hacer nada, solo huir.
Me di pena a mi mismo, me sentí patético por compadecerme de ella, pero odié aún más al tipo que la estaba echando a perder, estaba convencido que él era el culpable de haberse comido todo lo que ella fue en un pasado, él, la persona con la que había decidido compartir su vida, él, maldito bastardo, si lo tuviera delante lo mataría a sangre fría sin dudarlo un momento, pagaría por no tratarla como se merece, pagaría por destrozar su existencia y permitir que se consumiera día a día. Cerré los ojos, tomé aire y le dije que tenía que marcharme, que había sido un placer verla de nuevo y deseándole que de verdad todo le fuera bien.
Me encontraba en la calle, andando sin rumbo a ningún lugar, pues me había quedado destrozado después del rato pasado con ella. Pensando como era posible que una persona se desintegrase de aquel modo, no entendía como una mujer con el carácter que ella tuvo se evaporase de aquella manera en los años que habían pasado. Sentí un escalofrío, pues si algo así podía ocurrirle a ella yo también estaba en peligro. Y el mundo entero, también.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gélida noche.


Siento el frío del revolver dentro de mi boca, sabe a grasa y a gélido metal, todo mi cuerpo tiembla mientras sostengo el arma en esta posición. Ella se encuentra tirada a mi lado, tan cerca de mi que es inevitable pisar la sangre viscosa que emana de su cuerpo empapando toda la moqueta del apartamento.

Es de noche y la habitación solo está iluminada por alguna farola del exterior, y por las luces de las sirenas de policía que intermitentemente asoman durante milésimas de segundo a través de la ventana para volver a desaparecer. Entre las sombras se distinguen varias personas apuntándome con sus respectivas armas, también se escuchan sus voces: -Tire el arma y entréguese, no volveré a repetírselo. Cierro los ojos con fuerza mientras me desplazo unos centímetros y uno de mis pies tropieza con el inanimado cuerpo de ella. Un frío espectral recorre mi piel mientras mi dedo acaricia el gatillo del arma.

Apenas unas horas antes jamás hubiera imaginado una situación así, o puede que tal vez si. Recuerdo hace unos años cruzando la interestatal 5 en California, ella iba al volante cuando pasamos por un cartel que marcaba Los Ángeles 152, de pronto se colocó en el carril contrario cuando la gran mediana de césped que separaba ambas direcciones le permitió hacerlo, pensé que sería nuestro fin al estrellarnos contra algún coche de frente, avanzó así durante unos kilómetros hasta que decidió detener el coche en el arcén, me miró con los ojos muy abiertos y preguntó: -¿Me quieres Jesse?. La miré sorprendido y asustado: -Joder nena, claro que si, te quiero, pero no vuelvas a hacer algo así joder. Se llevó las manos a la cara y comenzó a gritar diciendo que si no la quería y que si pensaba dejarla este era el momento de decírselo. Intenté calmarla mientras la convencía para conducir yo.
Hubo una noche en la que me levanté de madrugada para hacerme algo caliente de beber, unos minutos mas tarde se acercó a ver qué estaba haciendo y me preguntó de pronto si alguna vez había tenido dudas. -¿Dudas de qué, nena? -Dije cansado. Me miró con los ojos muy abiertos: -De nosotros. Contestó preocupada. Le dije que alguna vez si en todos estos años, pero que era algo normal y tenía claro que la quería y que quería estar con ella, que no era algo de lo que había que preocuparse. Una vez dije aquello se asomó a la ventana y se dejó caer. Por suerte para ella en aquel entonces vivíamos en una primera planta y solo consiguió hacerse daño en una pierna y doblarse un tobillo.
Recuerdo otra ocasión en la que me pidió que le pegase, le dije que era incapaz de eso, que jamás le pondría una mano encima, me llamó inútil y dijo algo relacionado con mis cojones. Sacó un cuchillo de la cocina y comenzó a rajarse los muslos con él, chillaba de insoportable dolor pero no dejó el cuchillo en ningún momento, fui a quitárselo pero solo conseguí llevarme varios cortes en las manos. Vi el libro de Sexus de Henry Miller que por aquel entonces me estaba leyendo y se lo lancé a la cabeza, eso le hizo soltar el arma y llevarse las manos donde el libro la había impactado, logré calmarla no sin antes llevarme unos cuantos insultos y varios arañazos.
Ahora, hace apenas unas horas ha venido con dos paquetes envueltos, muy contenta y sonriente. Me ha dado uno y ha dicho que era para mi, lo he abierto y he encontrado el arma que ahora tengo en la boca, observo estupefacto el "regalo", ella saca un arma igual del paquete que lleva consigo, no sé de dónde coño las habrá sacado, tampoco le pregunto ya que me siento incapaz de articular palabra. -¿Me quieres Jesse?. Pregunta contenta y muy animada. -Joder, si. Logro articular.Se pone a mi lado, me besa y luego me mira: -Muy bien querido, si es verdad que me quieres te veo ahora, ya sabes lo que tienes que hacer y no me hagas esperar, capullo. Dicho esto se coloca el arma en la sien y suena un disparo.
Un sudor frío baña mi cuerpo mientras me exigen que tire el arma y me entregue, es fácil decirlo, pero ella se ha ido sin mi y no quiero dejarla sola allá donde esté. Vuelvo a acariciar el gatillo del arma cuando escucho una voz: -Maldito cabrón, te dije que no me hicieras esperar, ¿qué coño estabas pensando? Capullo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Mi bohéme.

La áspera voz de Billie Holiday suena de fondo. Ella se encuentra recostada en el sillón sin apenas ropa y yo sentado frente a ella intentando dibujarla. Le relleno la copa de vino y le enciendo un cigarrillo, tiene la mirada perdida, quizás se esté aburriendo conmigo, quizás esté cansada de posar para mi durante tanto tiempo.

Tiro el lienzo al suelo y coloco otro, y ya van tres. Estoy pasando una mala racha y no hay modo de conseguir nada que merezca la pena, es desesperante. El ventilador del techo traquetea sin descanso y el aire corre entre mi camisa abierta, tiro la colilla al suelo y me sirvo una nueva copa, siento que me está observando y que percibe mi frustración, termino la copa de un trago y me sirvo otra. Se levanta del sillón, me gusta verla desnuda aunque no logre plasmarla en mis dibujos, se acerca a mi y se coloca detrás acariciándome los hombros, me pasa una mano entre el pelo y juega con mis cabellos, sabe que me encanta eso, voy a decir algo pero me pone un dedo entre los labios buscando mi silencio, acerca los suyos a mi oído y me susurra algo en francés que no logro entender especialmente bien, la miro y sonrío, ella me devuelve la sonrisa, vuelve a su sitio sin quitarme ojo, muy divertida, me recompongo y vuelvo a intentar dibujarla.

Mientras me enfrento al nuevo lienzo en blanco recuerdo como la conocí, hace apenas unos días nos presentaron en una fiesta, mi colega McGregor había insistido en que lo acompañase y acepté a regañadientes con la excusa de que me pagaría todas las cervezas de la noche, así que me pareció un buen trato. Recuerdo cuando nos presentaron y nos dejaron a solas, cuando comenzamos a hablar descubrimos que no compartíamos el mismo idioma pero no nos importó. Ella sonreía cuando yo hablaba, y yo hacía lo propio cuando hablaba ella en su perfecto francés. A través de los gestos logré hacerla entender que me dedicaba a la pintura y la poesía, aquello pareció despertar su interés cuando me llamó bohémien. Según entendí ella se dedicaba a la fotografía, mas tarde comprendí que aquella fiesta era la inauguración de la exposición de su nueva obra, fue entonces cuando presté cierto interés a las imágenes que colgaban de las paredes, eran todas en blanco y negro y muy melancólicas, solo fotografiaba mujeres y en su mayoría desnudas, una de las fotos era una chica joven tirada en la cama con varias latas de cerveza aplastadas a su alrededor, en otra se veía una mujer sentada con el pecho desnudo mirando fijamente a la cámara, en otra fotografía una mujer estaba apoyada en el marco de una puerta y la cara hundida entre las manos. Realmente me gustó su obra, con ese aire de derrota y esa estética decadente.

No sé como conseguimos entendernos para que ahora ella se encontrase desnuda delante de mi mientras intentaba dibujarla. Dibujé los primeros trazos sobre el lienzo, la miré y me lanzó un beso con la mano, lo cogí y me golpeé el pecho, después de aquello mi mano cobró vida propia y el cuadro comenzó a tomar verdadera forma, de un modo que hasta entonces no me había imaginado capaz, me sentí pletórico, me sentí feliz, no podía dejar de pintar aunque quisiera, pensé por un momento que la sensación podría deberse al exceso de alcohol, así que cogí la botella de vino que estaba a la mitad y la estampé contra el suelo con furia y rabia, luego continué dibujando con aquella sensación de éxtasis que ahora sin lugar a dudas, me inspiraba la delicada francesa. Mi francesa. Mi bohéme.

martes, 2 de noviembre de 2010

Blanca noche.


Salimos del piso extasiados y destrozados. La noche se ha alargado tanto que pronto amanecerá. Esperamos el ascensor para que nos baje a la calle, mientras esperamos la observo, está demacrada y tiene un poco de coca en la punta de la nariz, le paso un dedo para limpiársela y luego me lo llevo a la boca. Yo tampoco me encuentro nada bien, mi corazón bombea de forma arrítmica y siento que estoy en el límite.
Entramos al ascensor y nos observamos en el espejo, mirando nuestras caras, luego nos miramos a los ojos y sin decir nada estamos de acuerdo en que nos hemos vuelto a pasar, una noche más. Saca un tarrito en el que guarda un poco de coca, hunde un dedo en él y se mete un tiro, me ofrece poniendo su dedo delante de mi cara y a pesar de todo no me lo pienso dos veces. Apoya la cabeza en mi hombro y ahora todo me importa una mierda.

Salimos del ascensor dando tumbos por la calle, nos tapamos los ojos con las manos aunque el sol aún no ha salido, pero la claridad nos resulta insoportable. Ando muy deprisa, directo a la parada de taxis, ella va tras de mi tirándome de la chaqueta, prácticamente voy corriendo y no puede seguirme el ritmo, pero no paro ni un instante, no logra seguir mis pasos y termina cayendo al suelo, me acerco a levantarla cuando saca el puto tarrito de coca, le golpeo la mano que lo sostiene y el tarrito cae al suelo derramando lo poco que queda, luego le golpeo en la cara, la agarro de un brazo y la levanto, entramos a un taxi, doy una dirección mientras me limpio la sangre que cae de mi nariz con la manga de la chaqueta.
Llegamos al piso, su piso. Nos tiramos vestidos en la cama, ella se duerme al instante, yo no logro conciliar el sueño pensando que al amanecer me sentiré viejo y cansado, aparto esos pensamientos rápidamente y observo su cuerpo tirado de cualquier manera mientras los primeros rayos del sol entran por la ventana, al final caigo rendido por el sueño. Mañana sería un nuevo día... o no.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Desconocida.

No me gustan las fiestas. Pero ahí me encontraba, rodeado de gente estúpida. Fui invitado por la revista "The Other Side", la cual publicó uno de mis relatos, les gustó tanto que incluso insistieron en hacerme una pequeña entrevista "para conocer mejor al autor", fue ahí donde me invitaron, sentí la obligación de asistir dado que habían mostrado un cierto interés en mi.

La fiesta se encontraba en un chalet a las afueras de la ciudad, había barra libre en la segunda planta, que servía de gran ayuda para aguantar todo aquello. Estaban invitados algunos de los artistas mas reconocidos; pintores, músicos, poetas, diseñadores y escritores; Aunque lo único que yo veía eran caras demasiado pulcras, demasiado inocentes y limpias, demasiado inmaduras e hipócritas.

Reconocí a algún pintor y a algún músico. A mi también me reconocían, me saludaban estrechándome la mano y sonriendo falsamente, yo hacía lo propio, por suerte mi Vodka7 ayudaba a soportar aquello, de otro modo hubiera salido corriendo presa de un incontrolable pánico.
Había gente por todos lados, unos iban de aquí para allá saludando a todo el mundo, otros se concentraban en pequeños círculos de cuatro o cinco personas y solo hablaban entre ellos. -Señor Custer, un placer verlo aquí, para nosotros es un honor. Dijo el director de "The Other Side", él mismo se había empeñado en hacerme esa pequeña entrevista y convencerme de que asistiera a la fiesta. -Gracias a ustedes por invitarme esta noche, el placer sin duda es mio. Dije sonriendo y con toda la sinceridad que me fue posible. Me preguntó por mis proyectos, hablamos sobre la fiesta y la bebida, intercambiamos un par de palabras más y luego continuó saludando a más invitados, sin perder por un momento la sonrisa que lo acompañaba a todos lados.

Fui al baño para despejarme de tan anodina conversación y dejar de sonreír como si todo fuera maravilloso. Me miré frente al espejo mientras me lavaba las manos, tanteé mi rostro, mis ojos y las arrugas que los envolvían, me toqué el pelo con las manos húmedas, sin duda necesitaba un buen corte, pensé que los años podrían haberme tratado mucho peor. Me fijé en una mancha de vino que tenía en la pulcra camisa blanca, logré apañármelas para disimularla un poco con la corbata, pero aquello no fue una solución, no me importó. Practiqué la falsa sonrisa y salí del baño armado de valor.

Me encaminaba hacia las escaleras que conducían a la segunda planta, ansioso por llegar a la barra a pedir otra copa justo cuando escucho una voz tras de mi: -¿Jesse Custer?. Me giro y observo a un joven sonriente tendiéndome la mano. -Si. Le contesto mientras le ofrezco la mía. -Buenas señor, soy Jack Pickman. Dice mientras me entretengo en recolocar la corbata para disimular la mancha de vino. -No sé si me recuerda Sr. Custer, le envié algunos de mis poemas junto algunos reportajes en revistas, ¿recuerda?. Dije que no con la cabeza mientras seguía atareado con la corbata, no tenía tiempo para prestarle demasiada atención al joven, necesitaba una copa. Pero el tal Pickman era muy insistente: -Bueno, Sr. Custer, aprovechando la ocasión de tenerlo delante quisiera saber su opinión sobre mi poesía, no sé si sabrá que auto edité mis dos libros y muchas editoriales están fijándose en mi. Lo miré incredulo pensando por qué no me dejaba tranquilo. -¿Y bien, Sr. Custer?. Preguntó de nuevo. Justo en ese momento por detrás del joven pasó la mujer mas espectacular que había visto en mucho tiempo. La seguí con la mirada y me encaminé tras ella dejando allí plantado al tal Pickman, el cual gritó algo mientras me marchaba pero no supe qué ni me importó.

La desconocida se movía con delicadeza exquisita, moviéndose de un grupo de personas a otro, sus movimientos eran deliciosamente suaves, sensuales. Llevaba un vestido negro y largo, su melena, también negra, le caía por la espalda recorriéndola con tacto de seda.
La seguí por la sala a varios metros de distancia para no asustarla, aunque en realidad ardía en deseos de agarrarle la cintura y sentir su cuerpo entre mis manos.
La noche cobró otro significado, había dejado de importarme estar en aquella fiesta, la desconocida acaparaba toda mi atención.
Se movía de aquí para allá, no se estaba quieta ni un segundo, sujetaba una copa en la mano que de vez en cuando se llevaba a los labios, pintados de rojo, para dar pequeños tragos. Se percató de que la seguía a todos lados pero pareció no molestarle, es más, hubiera jurado que se estaba divirtiendo, de vez en cuando me echaba una mirada y sonreía, yo le devolvía la sonrisa sin quitarle ojo. De pronto anduvo directa hacía mi hasta quedar cara a cara, me tendió su copa con una sonrisa: -Para ti, querido. Fue todo lo que dijo. Me quedé mirando la copa, le eché un largo trago, fantaseé con que aquel sabor amargo también había recorrido su garganta y perduraba en su boca. Cuando alcé la vista de la copa no logré encontrarla de nuevo, me puse nervioso, miré a todos lados pero no di con ella, me moví por toda la sala cada vez mas desesperado, subí a la segunda planta pero tampoco la encontré, comencé a agobiarme y la insoportable música de la fiesta comenzó a taladrarme la cabeza. Sentí como si hubiera salido de algún tipo de hechizo, de algún encanto celestial. ¡Incluso pensé que aquella mujer solo formaba parte de mi imaginación!. Pensaba en esto cuando una mano se posó en mi hombro, era un grupo de jóvenes con varias copas de más, se proclamaron aficionados a mi literatura, comentaron algo de las cosas que escribía e hicieron algún comentario sobre las mujeres que había escrito. Me pidieron hacerme una foto con ellos, me aparté la corbata para dejar al descubierto la mancha de vino y posé con ellos, luego uno de los jóvenes señaló la mancha y comentó algo gracioso que no entendí muy bien. Estaba desesperado, necesitaba a mi desconocida, urgente.

La di por perdida. Salí al jardín a tomar un poco el aire. Era grande, iluminado por varios focos, había una piscina enorme y muchas mesas ocupadas por varios grupos de gente que hablaban sin cesar, alardeándo del dinero que tenían. Incluso fuera del chalet era imposible deshacerse del desagradable murmullo del parloteo de la gente. De todas formas mi nueva copa obtenida gracias a la desconocida, hacía aquello más soportable, aunque no sé de qué manera. De pronto dos jóvenes comenzaron a correr uno tras de otro por todo el jardín armando un gran escándalo, uno agarró al otro y lo empujó a la piscina, pero ambos cayeron dentro salpicando algunas mesas, a unos les hizo gracia y rieron y aplaudieron, otros miraron sin decir nada, yo continué bebiendo. Malditos criajos.

Me senté en una mesa vacía apartada de los focos y alejada de la gente, no quería contacto con nadie, no quería conversaciones triviales ni sonrisas hipócritas. Tanteé mis bolsillos hasta dar con una cajetilla de tabaco, saqué un cigarrillo y cuando buscaba una cerilla una mano me tendió fuego. Encendí el cigarillo, aspiré una buena calada, alcé la vista y la vi, mi querida desconocida, de pie delante de mi observandome con detenimiento. Le ofrecí un cigarrillo, lo aceptó y se sentó a mi lado. Fumamos tranquilamente. -Pensé que insistirías un poco mas en buscarme. Dijo mirando a los jóvenes que salían empapados de la piscina, riendo y abrazándose amistosamente. -Pensé que mi imaginación me jugó una mala pasada, y que no eras real. Fue lo único que supe decir. Me miró sonriendo, se lo estaba pasando bien con aquello: -¿Aún lo sigues pensando, querido?. Di una calada al cigarrillo: -Ahora mismo no estoy seguro de nada, nena, excepto que eres lo más espectacular que he visto en mucho tiempo. Movió lentamente la cabeza, quizás pensando en que estaba exagerando demasiado, quizás decepcionada después de hablar conmigo. Pero me gustaba de veras, era la mujer mas sofisticada que había visto en mucho tiempo, su forma de sostener el cigarro y llevárselo a los labios, el modo de caminar, de moverse, cada gesto la hacía especial, era única; Una mujer en peligro de extinción: -Te gustaría follarme, ¿verdad?. Ahora era yo quien se divertía con la conversación, aunque no entendí muy bien por qué dijo eso: -¿Lees el pensamiento, nena?. Le dije divertido. -Me pones, Custer, me pone tu forma de escribir, tus historias, tus relatos y poesías, me pone tu explicitud tu lenguaje soez, la perfecta imperfeción de tu estilo único.
Una vez dijo aquello se lenvató, tiró el cigarrillo y lo chafó con el pie, me agarró del brazo levantándome de la silla y tiró de mi. Me dejé llevar, no tenía mas opción, o no quería tenerla. Cruzamos todo el jardín así, ella completamente decidida y sujetándome del brazo, y yo dejándome llevar. Era divertido. Algunos nos miraban y hacían algún comentario, otros no se dieron cuenta o no querían prestarnos atención. Entramos al chalet, pasamos entre medio de mucha gente, yo me tropezaba sin querer con todos, pintores, músicos, poetas, diseñadores, todos chocaban conmigo y yo con ellos.

Llegamos a los servicios, ella entró primero y luego tiró de mi, cerró por dentro y se lanzó hacia mi, me besó metiéndome la lengua hasta la garganta y mordiéndome los labios, aquella mujer, mi desconocida, era la lujuria en estado puro.

Me dejé llevar, y ella me guió hasta el agujero mas profundo de su ser, hasta encontrarme completamente dentro, recuerdo como olía, el aspecto que tenía, la sensación que me producía, como jodía mientras penetraba más y más profundamente en la insondable caverna. Mi desconocida se encuentra empapada, asfixiada, retorciéndose, se escuchan los jadeos, los gemidos, los suspiros de placer, la observo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de insaciable placer, de deseo, de más, más y más. Oigo como las paredes se derrumban, oigo como nos llaman desde fuera, oigo golpes, pero estamos clavados el uno al otro y solo queremos devorarnos. Pierdo el recuerdo de las palabras, pierdo el recuerdo de mi propia existencia, pierdo el recuerdo de la vida. ¿Cómo habíamos llegado a aquel punto, más allá del alcance de la conciencia?. La oí gritar mi nombre, la oí maldecir y chillar de rabia, lo oí todo amplificado un millón de veces, oí como se corría y todo terminaba.

Decidió escapar por la ventana abierta que daba al exterior, dijo que no era buena idea volver a la fiesta después de lo ocurrido, que prefería evitar las miradas. Recogió su ropa y yo hice lo propio con la mía, salimos desnudos por la ventana, empezamos a correr, yo detrás de ella, uno de mis zapatos que llevaba enrollados entre la ropa cayó al suelo, me detuve a recogerlo y pierdo su pista, la vi a lo lejos desaparecer, quise gritar su nombre pero ni siquiera lo sabía. -¡Espera!. -¡Espera!. Demasiado tarde, desapareció, desapareció para siempre y el peso del mundo golpea mi espalda, jamás me perdonaría haberla dejado escapar, el resto de mi vida sería su espera eterna. Al menos me había dejado algo sobre lo que escribir. Y eso hice.

jueves, 21 de octubre de 2010

Perra Cobarde.

Había quedado con ella en el Kikenny's. Dijo que servían buen vino y no le faltaba razón. Había llegado media hora antes, la ciudad era una completa desconocida y tenía la necesidad de resguardarme en algún bar.
El Kikenny's era como me lo había descrito, un lugar mas estrecho que ancho con una larga barra que recorría prácticamente todo el local, iluminado por una cálida luz anaranjada, al final del local se levantaba un pequeño escenario donde había un grupo haciendo versiones de Dave Brubeck, estaban tocando Take Five mientras pedía mi segunda copa de vino. Me tomé mi tiempo saboreándolo, sintiendo como recorría mi garganta a cada trago.

La puerta del Kikenny's se abrió de golpe, rompiendo la calidez y la intimidad del local, se me aceleró el ritmo cardíaco pensando que podría ser ella, pero solo era otro pobre idiota buscando cobijo y escondiéndose de la gran ciudad. Mi pulso volvió a su normalidad y continué disfrutando del buen jazz y el buen vino.

Recuerdo la noche que la conocí, fue en uno de mis recitales de poesía. Normalmente, me contrataba cualquier bar, para que fuera a soltar mis perversiones literarias a personas a las que realmente, no les importaba lo más mínimo que yo estuviera allí. Aquel recital duró apenas cuarenta minutos y al terminarlo nadie aplaudió, me despedí de mi público dándoles las gracias pero nadie me escuchó. Fui a la barra buscando desesperadamente algo de beber, con mi Vodka-7 entre las manos podría soportar mejor la noche. De pronto una muchacha se sentó a mi lado, era joven, atractiva, guapa, con una larga melena negra, su mirada invocaba sexo, no sé qué fue exactamente pero algo en ella me excitó, desprendía morbo, un morbo que me desbocaba: -He disfrutado mucho con el recital, has conseguido ponerme cachonda. Dijo sin apartar la mirada de la mía. Imaginé que lo estaba diciendo debido al fracaso del recital y a lo desapercibido que pasé, le di las gracias por intentar animarme, aunque en realidad su comentario me la estaba poniendo dura. Me llevé un largo trago de Vodka-7 y ella observaba cada uno de mis movimientos, la invité a una copa: -Fóllame con tus palabras. Fue lo que me dijo. Le prometí escribir algo sobre ella, algo donde me la follara con las palabras, pero no era eso lo que quería, si no, que le detallase en aquel momento como me la follaría. La miré divertido y me llevé de nuevo el Vodka-7 a los labios. Le reconocí que me estaba sorprendiendo con aquella conversación: -Cochino cabrón. Fue lo único que supo decir: -Cochino cabrón que me has dejado empapada con tu recital de perversiones, putas y borrachos, y ahora no quieres contarme como me follarías. Me eché de nuevo un trago de Vodka-7, mientras me colocaba el paquete en otra posición ya que la erección me molestaba entre los pantalones.
De pronto se levantó de mi lado, me pidió mi número de teléfono pero ella no quiso darme el suyo, me pareció justo después de la interesante charla que me había ofrecido en una noche como aquella, donde la decadencia y la tristeza se apoderaba por momentos de mi. Me dijo que me llamaría pronto.

Pasé días, semanas y meses esperando su llamada. Siempre que sonaba el teléfono lo cogía ansioso esperando volver a escuchar su voz, pero nunca llamó.
Me masturbaba pensando en ella para soportar la espera de su llamada, me masturbaba recordando su mirada bañada por el sexo, recordando su sugerente cuerpo deseando ser follado con mis palabras, recordando su salvaje y larga melena. Estaba ansioso por volver a verla, quería que me pusiera dura con su conversación. Hasta que eso ocurría subsistía practicando el onanismo.

Sonó el teléfono: -¿Si?. Pregunté con normalidad: -Cochino cabrón. Era ella, se me puso dura al oír su voz: -Perra, has tardado mucho en llamarme, cobarde, ¿tenías miedo?. Perra Cobarde. Hablamos de todo y de nada. Me dio una dirección, un lugar, una hora y un día.

Así que ahí me encontraba, en el lugar indicado, a la hora y el día acordado, disfrutando del vino y el jazz del Kikenny's. Estaba recordando el tiempo que había esperado su llamada y las veces que me había masturbado pensando en ella, cuando de pronto la puerta del local volvió a abrirse, esta vez me pilló completamente desprevenido, la banda del Kikenny's comenzó a tocar Harlem Nocturne justo cuando ella entró al local, se quedó parada unos segundos mientras sus negros ojos se acostumbraban a la iluminación del bar.

Anduvo directa hacia donde me encontraba, hasta quedarse delante de mi. No dijo nada. Me dediqué a observarla un momento, sus ojos negros y felinos, su salvaje y larga melena, y su cuerpo, ese cuerpo que tanto morbo desprendió cuando la conocí y tanto deseaba ahora. Me acerqué lentamente hacia su oído: -Perra cobarde. Le susurré. No se lo pensó y me agarró la polla con una mano, aquel gesto no me lo esperaba pero reaccioné rápido agarrándola del culo y mordiéndole el cuello, apartó la mano de mi paquete y aprovechó para restregarme el coño por la polla, que en esos momentos ya la tenia dura, noté el calor que su coño desprendía entre mis piernas, la apreté contra mi con mas fuerza: -¿Y ahora qué?. Me dijo con voz suave. -¿Ahora?, dije yo: -Ahora comenzaremos el primer capítulo de lo que será un largo libro, ni siquiera hemos acabado con el prólogo. Sonrió. Se encendió un cigarrillo, jugó con su mechón de pelo. Me miró: -Soy mas zorra que cobarde, aún tengo mucho que demostrarte, porque como bien dices esto no es ni siquiera el principio.

Perra.

Pasé horas buscándola por las calles. Se suponía que tenía que estar en el piso esperándome. Escruté la oscuridad sin éxito, cruzándome entre borrachos y putas. Anduve como un loco desesperado intentando dar con ella, mientras mi frustración crecía. Que se hubiera olvidado de mi no era una opción, ni tampoco que le hubiera ocurrido algo, ella sabía cuidarse muy bien.

Entraba y salía de un bar a otro esperando encontrarla sentada en la barra, engañando a algún pobre imbécil para que la invitase a una copa. Recorrí varios tugurios que solía visitar, pero solo encontraba viejos y sucios alcohólicos que me observaban con hostilidad.
Entré en lo que era el último bar que solía concurrir, me encontraba sudando, tenia que estar ahí, no quedaban mas lugares tenía que estar ahí escondida. Abrí la puerta con fuerza pero volví a encontrar el paisaje de siempre: borrachos y putas. Una de ellas se me acercó, y dándome una palmada en el trasero me preguntó: -¿Quieres pasar un buen rato, guapo?. Su aliento olía a alcantarilla, pensé que me desmayaría pero aguanté el golpe. Salí de aquel antro y encaminé mis pasos hacia el piso, maldiciéndola por haberme dejado abandonado, escupiendo su nombre por haberse olvidado de mi. Maldita perra.

Llegué al piso, cabreado pero tranquilo. Escuché un murmullo, alguien estaba dentro. Me dirigí hacia la cocina y sin atreverme a entrar me quedé apoyado en el marco de la puerta, la vi tarareando una canción.
En la mesa había una botella de vino abierta, tenía una copa en la mano y en la otra un cigarrillo, estaba dando vueltas, bailando tranquilamente con su tarareo, danzando con el aire como si nada importase. No se dio cuenta de mi presencia hasta que me molesté en abrir la boca: -¿Dónde has estado?. Dije de pronto. Cesó su baile. Me miró. Sonrió. No dijo nada así que volví a abrir la boca: -He pasado horas buscándote, ¿dónde coño estabas?. Pregunté indignado. No respondió, seguía mirándome, jugaba con un mechón de su pelo. Me estaba poniendo nervioso -¿Dónde cojones has estado?. Volvió a sonreír sin soltar palabra, se llevó a la boca el mechón de pelo y lo mordió. La muy perra. Ya me estaba poniendo cachondo. Señaló una gran tarta que se encontraba encima de la mesa, cogió una cuchara la metió en la tarta y luego se la llevo a la boca sin quitarme ojo. No sabía muy bien qué coño le ocurría así que volví a preguntarle: -Dime, ¿dónde has estado?, lo he pasado mal buscándote. Se acercó a mi y me arrastró hacia la tarta,volvió a hundir la cuchara y con ella me ensució la boca de nata. Pensé limpiarme con el puño de la manga, justo cuando se lanzó a mis labios para limpiármelos con los suyos. Señaló de nuevo la tarta: -Es para ti. Dijo sonriendo. Metí un dedo y ella se encargo de lamerlo para limpiarlo. Me la estaba poniendo dura, la muy perra. Hundí de nuevo un dedo en la tarta y una vez mas se lo llevó a la boca. Quise besarla, me acerqué a ella pero puso un dedo en mis labios y dijo: -Así no. La muy perra.

De pronto me excité como un animal, por puro instinto, tuve un arrebato y hundí ambas manos en la tarta, deshaciéndola, destrozándola por completo, devorándola con las manos como un obseso, como un loco, no me quitaba ojo, parecía aquel gesto lo que estaba esperando.
Le planté las manos llenas de tarta delante de la cara y empezó a comer de ellas, lamiendo suavemente los dedos, se tomó su tiempo y cada lametón me ponía la polla mas dura, imaginé que estaría ansiosa de que la follase, la agarré del culo, pero me apartó las manos diciendo: -Así no.

Se desabrochó la camisa, no llevaba sujetador y pude ver como insinuaba la imagen de sus perfectos senos. Yo me quité la mía, se me ocurrió ensuciarme el torso de tarta y eso hice, ella sonrió, se acercó y comenzó a limpiarme el cuerpo con la lengua. Luego se arrodilló y desabrochó mis pantalones, el ansia se apoderó de mi y no pude esperar mas para bajarlos del todo, con su boca ella hizo lo propio con mi ropa interior, dejando mi polla al descubierto delante de su cara, la miró pero no hizo nada, estaba muy dura pero simplemente la observaba.
Cogí un poco de nata y me la puse en la punta de la polla, se acercó a mi miembro y lamió la punta dejándola de nuevo limpia. Sentí que iba a explotar. Cogí de nuevo un poco de nata y me pingué los huevos con ella, acto seguido se lanzó y comenzó a comérmelos, me sentía morir de placer.

La levanté de pronto, le arranqué la camisa dejando al descubierto sus estupendas tetas, eran fantásticas. Le estampé un puñado de tarta en los pechos, que comencé a lamerlos como un animal, como un poseso, como un psicótico, como si el mundo fuera a acabarse en cuestión de segundos, como si mi vida dependiese de ello. Devoré sus pechos, los devoré como nunca, los devoré la con boca, los devoré con las manos, era increíble, no podía parar. De pronto me apartó de golpe, la muy perra se estaba haciendo desear, y lo estaba consiguiendo. Agarré un buen puñado de tarta, la cual se encontraba completamente despedazada, y se lo esparcí por el estómago. Me arrodillé ante ella y le lamí todo el vientre, su delicado vientre con sus suaves y violentas curvas, donde más de uno perdió la cabeza y murió de deseo. Desabroché su pantalón y pude comprobar que no llevaba ropa interior, de modo que pude disfrutar de su vello púbico. Me levantó, me miraba fijamente mientras se mordía el labio interior, cogió un trozo de la tarta despedazada y lo restregó por mi polla, se la metió toda en la boca y comenzó a trabajar duro, mi polla entraba y salía de su boca con locura, con vicio, con enfermedad. No podía mas, la agarré de las muñecas y la tiré al suelo. Se resistía: -Así no. Decía una y otra vez. Pero no importaba, iba a ser mía en aquel momento, le agarré los brazos con una mano y con la otra le quité los pantalones, ponía resistencia y repetía ansiosa: -¡Así no, así no, así no!. Ahora era mi juego y no el suyo, se lo dejé bien claro: -Cállate zorra. Se quedó callada, mirándome, observando mis gestos, muy seria, luego sonrió, otra vez esa sonrisa que me volvía loco.

La dejé desnuda y la poca tarta que quedaba se la dejé caer entre las piernas, agarré sus fuertes muslos y hundí la cabeza en su coño mojado, comenzó a gemir, me pedía más y más, era insaciable, nunca tenía suficiente. Hundí la lengua en su estrecha y tierna cavidad, se estaba caliente dentro y muy húmedo. Comenzó a gritar como una loca, se volvió histérica de placer mientras le lamía y jugaba con su clítoris. Le tapé la boca con una mano y durante unos segundos solo se escucharon sus gritos ahogados, pero pronto intentó deshacerse de la mano, agarrándola, arañándola y mordiéndola, no me quedó mas remedio que apartarla lejos de su alcance.

Se recompuso, me tiró al suelo y se sentó encima de mi cara mientras me agarraba el pene con ambas manos, me aplastó el coño en la cara así que comencé a lamer, despacio, suavemente, para que sintiera cada movimiento con precisión, estaba cada vez mas mojada, cada vez mas empapada, cuanto mas se excitaba mas fuerte le daba a mi polla.

Nos encontrábamos frente a frente, mirando nuestros cuerpos desnudos y respirando con dificultad. Continuábamos muy excitados. Se mordió el labio: -Fóllame. Dijo suavemente: -Ahora. Añadió después. La agarré, le di la vuelta y la puse con el culo en pompa y las manos apoyadas en la mesa de la cocina. Metí una mano entre sus piernas, estaba empapada, le metí un par de dedos primero, luego me agarré la polla y la hundí entre sus piernas, se la metí muy despacio, lentamente, disfrutaba sintiendo su calor y su humedad, disfrutaba sintiendo como me abría paso dentro de ella con suavidad, la estaba invadiendo, sintiéndolo todo, el mundo en ese momento se podía ir a la mierda, nada importaba mas que aquello, no había nada en la vida mas que aquel momento. Mi pene entraba y salía con facilidad y suavidad, una vez tras otra, jugué un poco, metiéndola hasta la mitad un rato y luego hasta el fondo, mientras le agarraba los pechos sintiendo como se movían con cada una de las embestidas, no dejaba de chillar, pero no me apetecía que volviera a morderme la mano, así que la dejé desahogarse y que gritase lo que quisiera.

Saqué la polla bañada de los mares de su coño, me pidió que me tumbara en el suelo y se sentó encima de mi pene, comenzó a trotarme como una yegua desbocada, mi polla era indomable y ella se encargaba de saciarla, era increíble ver como se movía, mientras pedía mas y mas, realmente era insaciable, una loba, una amazona, una tigresa, era algo fantástico. Sintió que estaba a punto de correrme, así que comenzó a masturbarme con la polla dentro de la boca, siguió así unos momentos hasta que finalmente me corrí. Grité como un animal, y ella me observaba disfrutando, escupió todo el semen y me metió la lengua en la boca, la hubiese devorado si hubiera podido hacerlo.

Acabamos exhaustos, empapados en sudor, completamente mojados y respirando con dificultad. Dejó de importarme dónde había estado, dejó de importarme el hecho de haberla buscado durante horas por las calles. Nada importaba más que aquella sensación, aquel placer.
Se acercó a su bolso y sacó un cigarrillo, me ofreció uno, lo cogí, lo encendí y ambos fumamos tranquilamente recobrando el aliento. Disfrutaba mirando su cuerpo desnudo, como se llevaba a los labios el cigarrillo y echaba el humo, aquellos labios que momentos antes habían sido míos.

Me miró directamente a los ojos: -¿Aún sigues pensando que soy una cobarde?. Se dibujó una sonrisa en sus labios, mientras jugaba con el mechón de su pelo.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Lonja.

Eran las siete de la mañana. Septiembre estaba acabando, llevándose consigo el verano. Las vacaciones definitivamente habían acabado, los niños volvían a las escuelas y los adultos al trabajo, los que contaran con la suerte de tener uno. Muchos empezaban el trabajo con miedo, pensando que en cualquier momento podrían tirarlos a la calle.

Yo me encontraba sin nada que hacer, sin trabajo y soñando constantemente con gaviotas sobrevolándome, empleaba mi tiempo en beber cerveza, era lo único que me mantenía en pie. Me había pasado medio año trabajando en el puerto, en una fábrica de pescado, pero hacía cosa de un mes que me habían despedido. Recuerdo cuando me presenté al puesto de trabajo, un conocido me consiguió la entrevista, decía que necesitaba algo en lo que emplear el tiempo que no fuera beber cerveza, así que me arrancó del sofá en el que llevaba meses postrado y me obligó a presentarme una mañana en aquella fábrica.

Pasé la entrevista sin complicaciones y empecé a trabajar ese mismo día, me facilitaron unos guantes de goma que cubrían todo el antebrazo y un delantal, también de goma, como los que llevan los carniceros, y por último una mascarilla. Parecía una especie de cirujano psicópata. Mi labor consistía en separar las cabezas del resto del cuerpo de los pescados que constantemente nos llegaban, era un trabajo desagradable, pero me pagaban por ello.
Todo estaba siempre lleno de sangre, y en el ambiente flotaba un olor nauseabundo a pescado muerto que se quedaba pegado en el cuerpo y te acompañaba a todas partes, no había forma de deshacerse de aquel olor.

Los primeros días en la fábrica los pasé fatal, cada cinco minutos necesitaba ir al baño a vomitar, en realidad nunca me acostumbré a aquel olor, simplemente aprendí a controlar las arcadas. Los demás trabajadores se miraban y sonreían entre ellos cada vez que necesitaba correr hacía los baños, pero nunca me importó. Aún hoy tengo arcadas cuando recuerdo aquel olor.

También tuve varias pesadillas con las gaviotas, su graznido era el único sonido que te acompañaba durante las diez horas de la jornada laboral. Sobrevolaban la fábrica atraídas por el olor a pescado muerto. Recuerdo un sueño en el que las gaviotas entraban en la fábrica, primero una rompía el cristal de las ventanas lanzándose contra él, y acto seguido entraba una bandada rabiosa de gaviotas que se abalanzaban contra mi, me picoteaban todo el cuerpo y me hacían pequeñas heridas, me tiraban del pelo con sus patas y yo era incapaz de defenderme. Desde entonces tuve la sensación de que las gaviotas de la fábrica me observaban, vigilando mis movimientos.

En aquella fábrica me sentía como un asesino, rodeado de sangre, el suelo era un gran charco rojizo que todos los empleados chapoteábamos cada vez que dábamos un paso, siempre acabábamos con los guantes de goma y el delantal pringados de sangre, parecíamos carniceros, siempre acabábamos la jornada cubiertos de sangre de pescado muerto. Una noche se me ocurrió volver así a casa, sin cambiarme. Me imaginaba andando por el muelle con aquel atuendo, seguro que la gente pensaría que acababa de cometer un cruel asesinato y huirían asustadas, me imaginaba llegar a casa y cruzarme con algún vecino por la escalera, su cara de espanto no tendría precio. Pero jamás lo hice, nunca encontré el momento oportuno, además las gaviotas estaban vigilándome constantemente y debía tener cuidado con lo que hacía.

Cada día, a la hora del almuerzo, salíamos al puerto, para refrescarnos del espantoso calor y respirar aire limpio. Yo observaba el mar, su inmensidad, pensando en quien mas, al otro lado, estaría contemplando ese mismo mar, mientras mis compañeros hablaban de sus mujeres y sus insulsas vidas. Otras veces me dedicaba a observar a las gaviotas sobrevolar la fábrica, mientras nos vigilaban desde las alturas, deseosas de entrar a la fábrica y devorar todo el pescado. Ellas sabían que yo conocía sus intenciones, y que me vigilaban. Las observaba con el ceño fruncido y con el puño levantado deseando que una tormenta repentina diera paso a un relámpago que las fulminara. El resto de trabajadores me miraban como si no entendieran qué estaba haciendo, a veces los escuchaba susurrar cosas como: está loco, es un enfermo o es un maníaco. Pero nunca les dí importancia, tenía otras prioridades que acaparaban toda mi atención.

Un buen día, a finales de junio, me encontraba en la fábrica cumpliendo mi labor, separando cabezas de cuerpos, con las manos y el delantal pringados de sangre, estaba todo demasiado en silencio, no se escuchaba ni el graznar de las gaviotas, eso me extrañó, cuando de pronto graznó una y luego otra vez silencio, eso me puso alerta, y de nuevo otro graznido seguido de otro silencio. Poco a poco se escucharon mas y mas graznidos, supe entonces que las gaviotas habían montado un ejército y que estaban decididas a entrar en la fábrica para destruirnos a todos y comerse el pescado. Me quedé paralizado y miré con los ojos muy abiertos al resto de trabajadores, pero parecían no darse cuenta de la complicada situación en la que nos encontrábamos, así que tuve que auto proclamarme líder del grupo, mi primera decisión fue cerrar por completo puertas y ventanas para impedir que entrasen nuestras atacantes. Mi grupo me miraba boquiabierto sin comprender que estaba haciendo, e incapaz de reaccionar, menos mal que ahí estaba yo para protegerlos.

De pronto se escuchó un golpe, y luego otro mas fuerte. Eran las gaviotas abalanzándose contra los cristales de las ventanas, para romperlos y dar paso al batallón de ataque. Por un momento el miedo se apoderó de mi. Mi grupo era incapaz de reaccionar ante aquella situación, estaban en peligro, comprendí que lo que principalmente buscaban las gaviotas era el pescado, así que tuve que tomar una decisión.

Abrí la puerta principal y comencé a sacar cajas y cajas de pescado muerto, para impedir que las gaviotas entrasen a la fábrica, saqué una caja tras otra y en un momento había sacado todo el trabajo de la mañana. Las gaviotas se estaban amontonando sobre las cajas, preparando un ataque, así que comencé a lanzarles las cabezas de los pescados, lancé cabeza tras cabeza como un poseso. Logré impactar a alguna gaviota que caía en picado contra el suelo, otras lograban sobreponerse y mantener el vuelo. En un momento dejé todo el muelle lleno de sangre de pescado, las cabezas impactaban contra la acera, contra paredes y cristales, las gaviotas volaban enloquecidas de un lado a otro. Alguna cabeza impactó contra la gente que caminaba por allí y las gaviotas se abalanzaban hacia ellas, pero en toda guerra siempre hay daños colaterales. Yo les gritaba furioso: -¡¿Esto es lo que queréis!?, ¡venid a buscarlo!. Las gaviotas graznaban mas y mas fuerte, furiosas ante mi desparpajo y valentía, alguna osó abalanzarse sobre mí, pero yo las golpeaba con los puños para quitármelas de encima, era un digno adversario y me defendía como un héroe.
La gente no hacía mas que chillar, asustadas ante la guerra que se había desatado, corrían histéricos de aquí para allá, yo era el único capaz de hacer frente a las gaviotas.

De pronto, mi grupo reaccionó, me agarró, intentaban inmovilizarme, yo les dije que era el líder, que no tenían derecho a quitarme el poder, que el enemigo estaba fuera reagrupándose, pero no me hicieron caso y consiguieron meterme de nuevo en la fábrica, mientras, fuera, escuchaba el graznar victorioso de las gaviotas.

Apareció el encargado, ignorante de lo que estaba aconteciendo ahí fuera, intenté explicárselo todo para que se pusiera de mi lado, tenia la esperanza de convencerlo y ya nos imaginaba a los dos mano a mano contra las gaviotas, lanzándoles cabezas de pescado y acabando con ellas. Por desgracia no conseguí hacerle ver la situación y acabó por despedirme. Maldito ignorante, fruncí el ceño y alcé el puño proclamando venganza.

Ahora, varios meses después, me dedico a pasear por el puerto durante las mañanas, desayuno en alguna cafetería y me siento en un banco frente al mar mientras leo el periódico, a veces ocurre que escucho un graznido, levanto la mirada del periódico y observo como me sobrevuela una gaviota, sé que es una superviviente de aquella batalla, y sé que me reconoce y me recuerda mi derrota. Es entonces cuando alzo el puño al cielo y las maldigo en silencio.

jueves, 13 de mayo de 2010

Manhattan, apartment 42.

Hoy me he enterado de que ha muerto. Era viuda y hacía muchos años que no vivía en el piso, la verdad es que no sé que fue de ella hasta hoy. Pero empecemos por el principio.

Recuerdo el día que nos mudamos cuando yo tenía siete años. Nos largamos de aquel barrio buscando algo mejor. Era un bloque de apartamentos, tres vecinos por planta. Recuerdo el día que conocimos a los que serían nuestros futuros vecinos, unos eran un matrimonio joven como mis padres, y los otros eran un matrimonio mayor y sobre ellos trata toda la cuestión, una agradable pareja de ancianos, ahora los recuerdo con añoranza pero en aquel momento me inspiraron miedo, sobretodo la mujer, bajita y rechoncha con su piel arrugada y sus ojos hinchados como bolsas y llenos de ojeras. De él, su marido, tengo mejor recuerdo, era un hombre simpático, siempre que lo miraba tenia una tonta sonrisa en la cara, me inspiraba confianza, bondad y humildad, aunque si lo hubiera conocido ahora seguramente pensaría que era estúpido.

A veces coincidía con el anciano en las escaleras del edificio cuando llegaba del colegio, me miraba con su sonrisa y se sacaba del bolsillo una moneda que me regalaba. Yo entonces no sabía para qué quería monedas ni sabía qué hacer con ellas, así que se las daba a mi madre o me las guardaba en el pantalón y zanjaba así el problema.

Mis padres y ellos se llevaban bien, tanto que a veces comíamos juntos los sábados, ellos venían a casa o nosotros a la suya, total, compartíamos puerta con puerta. Los ancianos invitaron un día a sus hijos que tenían la edad de mis padres y éstos a su vez, una hija de mi edad. Recuerdo cuando me la presentaron, me puse rojo como un tomate y no supe qué decir. Ya desde pequeño empezó a dárseme mal aquello de tratar con mujeres. Era una niña muy guapa, rubia, con grandes ojos azules, era algo nuevo para mi, nunca nada había atraído mi atención de aquel modo. Con el paso del tiempo nos hicimos amigos.

Esperaba ansioso cada sábado para volver a verla. En las comidas cuando nos daban permiso para levantarnos de la mesa nos íbamos a jugar, nos escondíamos, corríamos, saltábamos o chillábamos como locos, todo valía, todo estaba permitido.

Un día en casa, mis padres recibieron una llamada, eran los hijos de nuestros vecinos la pareja de ancianos. Al hombre mayor le había dado un infarto mientras dormía y se encontraba en el hospital, decían que le habían tenido que operar y le habían puesto un marcapasos. Yo no sabía muy bien qué era eso del marcapasos así que se lo pregunté a mi padre. Me dijo que era como las manecillas que hacen funcionar un reloj.

Pasó un tiempo hasta que el hombre volvió a su hogar, quizás solo fueron unos días pero a mi me pareció bastante tiempo. Y aún tuvieron que pasar unos días mas hasta que me lo volví a cruzar en las escaleras. Recuerdo que ya no sonreía como antes, pero seguía habiendo bondad y humildad en su mirada. Yo esperaba escuchar el tic tac de las manecillas del reloj de su marcapasos pero no escuché nada. Me empeñé en eso un tiempo y cada vez lo veía afinaba el oído para escuchar el tic tac, pero nunca tuve éxito. Nunca hablé con nadie de aquello, era una misión en solitario.

Pasaron las semanas y todo pareció volver a la normalidad, los sábados volvíamos a juntarnos para la comida y yo volví a ver a aquella niña que absorbía mi atención. Un día, mientras la miraba sentí que el anciano me observaba a su vez, me giré y vi que estaba en lo cierto, me topé con sus ojos y vi en ellos que sabía lo que sentía por su nieta, entonces sonrió, y volví a ver aquella sonrisa que siempre tenía, aquella sonrisa que un día perdió. Aquel hombre era el único que sabía de mi secreto para con su nietecita, era mi cómplice. Le devolví la sonrisa.

Una tranquila tarde, estando con mis padres en casa sonó la puerta, primero levemente, luego mas fuerte. Mi madre se levantó corriendo a ver quien era, y yo detrás. Al abrir la puerta se encontró a nuestra vecina la señora mayor. Estaba llorando y no se entendía lo que decía, mi padre acudió con nosotros y calmó a la mujer. La señora nos dijo que su marido había fallecido esa misma mañana. Yo me quedé blanco. Nos contó que se levantaron por la mañana como un día normal, que desayunaron juntos en el piso y después él se retiró al servicio, que pasó un rato esperando que saliera y al ver que no salía acudió en su busca, nos dijo que tocó la puerta del bañó y le preguntó si estaba bien pero que no hubo respuesta, el hombre se había cerrando por dentro y la mujer nos dijo que no podía abrir la puerta y que se puso mas nerviosa, nos contó que lo llamó gritándole y golpeando la puerta, pero que no hubo manera, no sé como consiguió tirar la puerta abajo, pero dijo que cuando consiguió entrar se lo encontró sentado en el retrete con la cabeza ladeada y los brazos colgando a ambos lados, y que para cuando llegó la ambulancia ya era tarde.

No fui consciente de la muerte del anciano hasta que pasó el tiempo, hasta que dejé de encontrármelo en las escaleras, hasta que su nieta no volvió a su casa ni nos juntábamos para comer los sábados, no fui consciente de su muerte hasta que me di cuenta de las cosas que había perdido. Aquel hombre, el único que sabía lo que sentía por su nieta. Jamás se lo contaría a nadie. También comencé a echar en falta el dinero que me daba, aquellas monedas con las que no sabía qué hacer, era como si me faltase algo y no sabía muy bien el qué.
Pero el tiempo pasó. Crecí y fui olvidando todo aquello poco a poco, casi sin darme cuenta.

Me contaron que la mujer abandonó el piso, que no podía seguir viviendo allí donde su marido había fallecido, aquel piso se convirtió en un piso vacío. Nunca entraba ni salía nadie, nunca se escuchaba movimiento, nunca hubo nada más allí. Solo silencio.

Hoy, 38 años mas tarde me he enterado que ella también ha fallecido, dicen que estaba viviendo con la hija de su marido y con la nieta, que ella la cuidaba. Dicen que como cada noche su nieta y ella vieron la serie que a ambas le gustaban, que después la acompañó a la habitación, que se durmió pero al día siguiente no se despertó, Dicen que tuvo una muerte dulce, que no sufrió ni se dio cuenta de nada, que estaba tranquila y todo fue muy natural.

Hoy he salido de casa y al pasar por la puerta del piso vacío he visto un cartel de "se vende".

viernes, 23 de abril de 2010

Un pequeño trato.

Necesitaba una nueva máquina de escribir, la anterior la tiré por la ventana después de pasar varios días sin conseguir una frase que valiera la pena. Me encontraba en el centro comercial rodeado de gente a la que le importaba una mierda, igual que ellos a mi. Estaba observando los nuevos modelos de máquinas en el Brother's, pensando en que todas eran demasiado caras. Una dependienta se acercó sonriente.

-Buenos días caballero ¿puedo ayudarle en algo?.
-Buenos días señorita, necesito una máquina de escribir.
-Muy bien, ¿es usted escritor?.
-Se hace lo que se puede.
-Muy bien, si me acompaña le mostraré los distintos modelos de los que disponemos.

Echó a andar y yo la seguí un paso por detrás, me fijé en su culo, era estupendo, se contoneaba a cada paso que daba, pensé agarrarlo con ambas manos y apretarlo con fuerza cuando de pronto se paró, señaló uno a uno los distintos modelos de máquinas de escribir.

-Este nos ha llegado nuevo esta semana, tiene las teclas mas suaves. Este otro se vende mucho, es un modelo mas estándar. Este de aquí es un modelo mas reducido, perfecto para viajes, y este aunque mas tosco posee un elegante diseño para personas mas sofisticadas. ¿Cual desea?.
-Oh, son todos muy bonitos pero se salen de mi presupuesto.
-No se preocupe, puede pagarlo a plazos.
-Oh, eso está muy bien señorita, pero resulta que yo me gano la vida escribiendo y hace tiempo que no escribo nada decente, no sé si me entiende.
-En ese caso hagamos un trato, usted escribe algo para mi y si me gusta le regalaré una, la que usted desee.
-Oh, eso está muy bien señorita, pero yo no dispongo de máquina de escribir con la que poder escribir.
-Hágalo a mano.

Se dio la vuelta, echó a andar y atendió a otros clientes. Yo me quedé ahí parado pensando en lo que me había dicho, ¿escribir algo a una tipa a la que no conocía y conseguir una máquina gratuitamente?, ni siquiera sabía como se llamaba, decidí acercarme a preguntarle el nombre. Estaba hablando con otra gente sobre otras cosas, yo esperé a que terminase para abordarla, metí las manos en los bolsillos y esperé paciente, esperé y esperé pero aquello no tenía fin, así que decidí interrumpir:

-Perdone.
No hubo respuesta, ella continuó hablando y hablando con sus clientes.
-Ejem...
Ella seguía a lo suyo.
-Señorita, discúlpeme un momento.
Continuó mirando sonriente a los clientes mientras asentía con la cabeza.

No me hizo ningún caso, tuve que dejar de insistir, por vergüenza mas que otra cosa. Salí del Brother's, luego del centro comercial, pensando en qué podría escribir sobre ella, subí al viejo volks y arranqué, encendí un cigarrillo mientras pensaba si realmente me regalaría una máquina solo por escribirle algo, pensé incluso si la conversación había sido real o me estaba volviendo rematadamente loco. Conduje entre el tráfico de la ciudad, con las ventanillas bajadas y la radio encendida.

Buenos días oyentes del "Long Play", son las once treinta y ocho minutos, les informamos que el tráfico en la ciudad hoy será denso, no se prevé que la temperatura baje de los treinta y dos grados. No se olviden de respetar el límite de velocidad.

Pensé en escribir sobre como sería su vida, la imaginé sonriente en su trabajo dando los buenos días a los clientes, con su impecable uniforme del Brother's cada mañana, gastando bromas con sus compañeros de trabajo, fumando cigarrillos en los descansos mientras conversaba sobre cine o música.
La imagine llorando en los servicios del Brother's, dándose ánimos para continuar luchando, la imaginé en su hogar, haciendo el amor con un tipo que no la merecía, la imaginé preparándole la cena cada noche y el desayuno cada mañana, la imaginé casada con un hombre que la estaba echando a perder, la imaginé bebiendo alcohol a solas cuando llegaba del trabajo antes que él.

La imaginé manteniendo una conversación con un tipo que necesitaba una máquina de escribir.

Imaginé la conversación en la que ella le pedía un relato... y eso hice.

martes, 20 de abril de 2010

Poeta

El poeta,
acaricia cicatrices
de heridas ya cerradas.

El poeta,
hunde su yema
en heridas abiertas.

El poeta,
eriza la piel
de corazones rotos.

El poeta,
llora,
gime,
aulla,
lamenta
y arranca
versos inconclusos
de almas desgarradas.

El poeta,
es como una mano
de largas uñas...

Aprieta fuerte
y no te suelta.

lunes, 19 de abril de 2010

Una vez en la vida.

La encontré en el metro, estaba sentada enfrente de mí, no podía apartar la mirada de sus enormes tetas, se daba cuenta que no le quitaba ojo, pero no podía evitarlo. Observarla era maravilloso. El traqueteo del vagón me estaba revolviendo las pelotas cuando llegamos a mi bajada, pero decidí quedarme, estaba hipnotizado por aquella mujer. Supuse que la estaba molestando, pero no me importó.
Un par de paradas mas adelante ella bajó, y yo la seguí, la perspectiva que me ofreció desde atrás no tenía desperdicio, tenía unas largas piernas, tenía estilo para andar, tenía clase, y con qué forma contoneaba el culo, era una diosa. Salió a la calle, anduvo entre la gente, abriéndose hueco, y yo detrás, observando su culo. Me metí una mano en el bolsillo del pantalón y me rasqué la polla. Paró en un semaforo y pensé en tocarle el culo cuando de pronto se giró, y ahí me encontró, con la mirada en su culo y hurgándome las pelotas, no sé que pensaría al verme así, pero no me importó.

Entró a un bar y yo detrás, hipnotizado. Tomó asiento en la barra y yo a varios metros de ella. Sacó del bolso un paquete de tabaco y se llevó un cigarro a la boca, me fijé en su boca, en sus labios, eran muy carnosos, imaginé como me acariciaba el pene con ellos. El camarero le sirivó una cerveza y yo me pedí otra. Se la acabó prácticamente de un trago y se largó sin pagar, eso me pilló por sorprensa, actué rápido, pagué lo suyo y lo mío y salí corriendo para no perderle la pista, me sacaba un par de calles de distancia, pero en unos minutos volví a estar pegado a su culo. Anduvo durante un buen rato, a veces se giraba para comprobar si continuaba tras ella, imaginé que la estaba asustando, pero tampoco me importó.

Ya no sabía muy bien dónde me encontraba, no conocía aquel barrio, pero ya buscaría el modo de volver a casa. Al cabo de un rato metió la mano en el bolso y sacó unas llaves, me puse nervioso pensando que tendría que dejarla marchar y olvidarme de ella. Todo llegaba a su fin. Mientras pensaba esto vi como metía la llave en la cerradura de un portal y penetraba en él, corrí hacia la puerta, llegué a tiempo justo antes de que se cerrara y entré, no me lo pensé dos veces, estaba verdaderamente obsesionado con aquella mujer.
La vi esperando el ascensor, me dediqué a observar sus enormes tetas, ella me miraba muy fijamente, pero no dijo nada.

El ascensor llegó y se metió dentro, y yo detrás. Estábamos muy cerca, frente a frente, podía sentir su olor, un olor intenso a sudor y sexo. No me apartaba la mirada, de pronto abrió la boca por primera vez: -Fóllame. Yo me bajé la bragueta, pero no me saqué nada, ella respiraba muy profundamente. El ascensor paró y entro a su piso, y yo detrás.

La seguí por el pasillo hasta el salón, se quedó mirándome sin decir palabra. Yo seguía con la bragueta bajada, le pedí que me sacara la polla con la boca, ella se acercó, se arrodilló y hundió la cara en mi bragueta, al cabo de un momento sentí su lengua húmeda hurgando en mi entrepierna. Sentí sus labios carnosos, eran suaves, eran tiernos. Al cabo de un momento consiguió sacármela, la tenía muy dura, me dijo que le gustaba el olor de mi polla, le dije que se fumara un cigarrillo mientras me hacía una mamada, vi como se acercaba despacio al bolso y sacaba el tabaco, también sacó un espejito y una barra de labios, ví como se los pintó de rojo, un rojo intenso, encendió el cigarro y dejó el carmín en el filtro, comenzó a lamermela, iba intercalando caladas con succiones, era genial, de vez en cuando me tiraba el humo a la polla y eso me ponia cada vez mas cachondo, me la dejó llena de carmín, era estupendo.

Le pedí que se desnudase, luego me senté en el sofá con la polla fuera de la bragueta, la coloqué de pie delante de mi y comencé a acariciar sus piernas, subiendo por los muslos hasta llegar a su coño, estaba caliente, besé su bello púbico y abrió un poco las piernas, aproveché aquello para meterle un par de dedos, estaba húmeda y entraron sin problemas, comenzó a gemir suavemente, eso me exitó y me puse a batir su coño con la mano que tenía dentro, al cabo de un momento estaba chorreando, se puso a gritar como una loca, yo tenía la mano pringada pero seguí batiéndola, de pronto me apartó la mano, respiraba entrecortadamente, estaba sudando y la noté muy excitada, yo estaba a punto de reventar, continuaba sentado y le pedí que se arrodillase ante mi, le agarré la cabeza y le metí la polla en la boca, se la metí muy hondo, sentía su lengua caliente lamiendo y jugando con mi rabo, dí un par de embestidas así y la saqué de ahí.

Le pedí que colocase las manos en el suelo, me lenvaté y la agarré de las piernas en plan carretilla, se la metí así, le estuve dando en aquella posición durante un rato, luego paré y la senté encima de mi polla, ella empezó a trabajar, vi el paquete de tabaco a mi lado, lo agarré, saqué un cigarrillo mientras ella le daba duro, fumé con calma, disfrutando de aquello, de pronto empezó a insultarme, yo le tiré el humo a la cara y no dije nada. Probé a golpearle el trasero con una mano, pareció gustarle.

La aparté de encima, le di la vuelta contra el sofá y la bombeé con fuerza mientras ella chillaba como si la estuviera violando, acabé corriendome dentro. Ambos acabamos exahustos, sin apenas poder respirar, ella se vistió, yo me subí la bragueta, después me pidió que me marchase, que sus hijos estaban a punto de volver del instituto, le pregunté si volvería a verla, me dijo que no lo sabía, que tenía que irme rápido, salí de su casa, salí a la calle y eché a andar sin saber dónde me encontraba, entré a una parada de metro para buscar dónde tenía que dirigirme, todo esto mientras me olisqueaba una y otra vez la mano que me había dejado pringada, subí al metro y pensé que algo así solo ocurre una vez en la vida.

sábado, 17 de abril de 2010

La estación de tren.

Llego tarde, todos los asientos en los vagones del tren están ya ocupados, parece que vaya a reventar, incluso hay gente de pie en los pasillos, no cabe un alma, es un caos, me agobio solo con verlo.

El tipo de la taquilla no me avisó de aquella situación al venderme el billete. Debería volver y partirle la cara, como si él no fuera consciente de que había vendido mas tickets de la cuenta.

Recorro el tren por fuera, observando por las ventanillas como la chusma es capaz de aglomerarse así, cada vagón es peor, pero tengo que decidir subir o quedarme, llego hasta el último vagón, es ahí o nada. Aparto sutilmente al gentío para hacer hueco a mi maleta y a mi. Parecemos sardinas enlatadas. Pienso que no soy capaz de aguantar un viaje así, que me falta el aire, que necesito espacio, cuando de pronto aparece un grupo de chinos, no tengo nada en contra de ellos, pero siempre aparecen en multitud. También ellos han andado hasta el último vagón y piensan que es aquí o nada. Ni siquiera hay espacio para respirar. Parece que se dan cuenta de eso, y suspiro de alivio.
De pronto se ponen a discutir entre ellos, y uno, el jefe según deduzco, agarra una maleta e intenta meterla a presión entre la multitud de la que formo parte. Luego viene lo peor, los chinos empiezan a hacerse sitio, están decididos a entrar de cualqueir forma, parece el fin.

El tren anuncia que parte en breve, y eso nos pone a todos nerviosos, especialmente a los chinos que intentan hacerse hueco. Me planteo seriamente bajar de ahí. Lo pienso un segundo, luego intento moverme, pero resulta imposible, vuelvo a intentarlo pero no hay suerte. Me pongo nervioso, siento que me falta el aire, necesito respirar, necesito mi espacio. El tren anuncia el último aviso, los chinos se ponen aún mas nerviosos y empujan con más fueza para entrar. En un último intento de desesperación agarro la maleta y con todas mis fuerzas tiro hacia la salida, me siento aplastado entre los cuerpos. La gente me farfulla idioteces, pero yo sigo empujando con fuerza, consigo salir, pero la maleta queda atrapada entre la gente, tiro, vuelvo a tirar, se escucha un grito, se escuchan varios gritos, luego varios insultos. Al fin consigo sacar la maleta de ahí, el tren anuncia que cierra sus puertas. Echo a andar por la estación sin saber qué hacer, me acerco a una cabina, marco un número y espero.

-¿sí?
-Nena, no puedo irme en ese tren, esto es peor que el infierno, voy a dejar que el tren se vaya sin mi.
-¿Qué dices? Venga, vuelve para dentro, te van a quitar el sitio.
-Demasiado tarde nena, estoy abajo y no pienso volver, no hay aire ahí dentro, no hay sitio para mi nena, es peor que el infierno.
-Bueno, vale, no te muevas, voy a buscarte.

En la estación sólo quedamos mi maleta y yo cuando ella llega.
-¿Qué has hecho con el ticket del tren?.
Hurgo en los bolsillos y se lo doy.
-Joder, Jesse, no creo que puedas recuperar el dinero ahora.

Me agarra de la chaqueta y me arrastra a las taquillas. Habla con el tipo que me vendió el ticket, está alterada, dice algo del infierno y del aire. Luego veo como guarda el dinero que le devuelven.

Salimos de aquel lugar y me lleva a su casa.

-Gracias nena, no sé como lo haces, siempre estas ahí para salvarme de mi locura, de mi desesperación, para hacerme comprender que las cosas no son tan complicadas.
-Jesse, no me vengas con cursilerías.
-Eres la mejor, nena.